Política de uso de cookies

martes, 19 de marzo de 2019

FUNCIÓN MÉDICO PERICIAL DEL CUERPO DE SANIDAD DE LA ARMADA DURANTE LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIX.

El médico forense verá por si mismo
E. R. Robins

La existencia de tribunales médicos con el fin de declarar la falta de aptitud para el servicio de las armas, viene desde muy antiguo y así tenemos constancia en el Hospital de San Carlos, en sus comienzos, en la época del asedio napoleónico a la Isla de León, donde médicos del Ejército y de la Armada formaron parte del llamado: “Tribunal de reconocimiento de inútiles”. La época que tratamos corresponde a un tiempo de guerras y epidemias, con un servicio militar obligatorio y sin existir ya la matricula de mar que pudiera hacer una selección del personal, la necesidad de estos tribunales es lógico deducirla. Las enfermedades que ocasionaban la perdida de aptitud para el servicio eran muy diversas y el facultativo tenía que enfrentarse al reconocimiento físico y psíquico con pocas herramientas diagnosticas a su alcance. Los rayos X no se introducen en los hospitales de marina hasta 1897 y en su comienzo estaban a cargo del jefe de cirugía, pues también cumplían función terapéutica. El laboratorio apenas aportaba información porque los gabinetes de análisis clínicos, bacteriología y micrografía no se organizan formalmente hasta principios del siglo XX. En cambio, existe un instrumento muy útil para la exploración torácica y abdominal que es el fonendoscopio, descubierto por el médico francés René Laënnec, en 1819. Algunas enfermedades congénitas con defectos físicos muy llamativos eran fáciles de diagnosticar, así ocurría con manifestaciones clínicas como la cianosis por ejemplo, mientras que la disnea había que comprobarla y el examen presentaba ciertas dificultades. Es la época de la clínica sofisticada, donde la exploración física del paciente es protagonista. Para las enfermedades del sistema nervioso se explora la motilidad, reflectividad, sensibilidad, pares craneanos, lengua, mímica y trofismo. Para los aparatos circulatorio, respiratorio y digestivo; se realiza la inspección, palpación, percusión y auscultación. Para los trastornos psíquicos tienen que ser estudiadas las funciones intelectuales, emocionales e instintivas, mediante técnicas que se van perfeccionando. Las alteraciones de la personalidad para diagnosticarlas y clasificarlas tenían que ser muy llamativas y había que recurrir en muchas ocasiones a certificados médicos de facultativos, muchos de ellos especializados en la materia, y que habían observado al paciente durante un tiempo prolongado. No ocurría lo mismo con los casos de deficiencia mental cuyo diagnostico era más fácil. A veces se recurría a centros hospitalarios, antiguos manicomios, tanto para el tratamiento de la enfermedad mental declarada durante la estancia en la Armada como del informe médico necesario para el tribunal. La Marina disponía de atención psíquica para su personal en el manicomio de San Baudilio de Llobregat, donde estaba asignado un médico mayor perteneciente a la comandancia de marina de Barcelona. Este centro hospitalario fue descrito por el investigador alemán de enfermedades psíquicas Juan Bautista Ullesperger como el manicomio mayor, más extenso, adecuado, bello, generosamente dotado con los más modernos adelantos y el más elegante del mundo. Otro grupo de enfermedades excluyentes eran las infecto-contagiosas. La tuberculosis comenzaba a hacer estragos en el mundo y las enfermedades tropicales con sus secuelas posteriores también eran frecuentes. En España habían aparecido los primeros sanatorios antituberculosos, a semejanza de otros países como Estados Unidos, Gran Bretaña, Suiza o Francia. Se habla de la necesidad de un sanatorio para el personal de Armada que hubiera contraído la enfermedad pero no es hasta el siglo siguiente cuando se desarrolla esta idea. Los órganos de los sentidos se podían examinar de modo algo superficial, tanto la vista como oído y nariz, siendo más complicado el estudio de la laringe y de los senos, aunque cada vez se irán descubriendo nuevas técnicas.
La mayoría de las exclusiones se producían en reclutas y como muchos de ellos no tenían interés alguno en realizar el servicio militar, simulaban enfermedades, surgiendo de este modo una modalidad que son los “simuladores”, a los que los miembros del tribunal tenían que estar muy atentos, así como el jefe de la clínica o el médico responsable de la sala, el cual había estudiado al paciente y había hecho la propuesta de exclusión. Hay historias de individuos que se producían mutilaciones con el fin de conseguir su exclusión. Está descrito el caso de un recluta hospitalizado para observación en el Hospital de San Carlos que tuvo la intención de simular una hemoptisis, introduciéndose en la boca un objeto cortante, pero fue descubierto por el profesor médico de la sala. Fernández Caro refiere que en el Hospital de San Carlos, entre 1862 y 1864, de 470 reclutas ingresados; 230 padecían “lesiones del corazón”. 35 fallecieron y 205 fueron declarados inútiles. El 55,42% de patología cardiovascular fue atribuida a la ansiedad. Otras veces, el reconocimiento era dirigido al personal profesional que había padecido una mutilación en guerra o en acto de servicio, o había contraído una enfermedad con secuelas, y según la gravedad del caso debía pasar a la situación de retiro. En alguna ocasión, los médicos debían de desplazarse a un domicilio para reconocer a un paciente inmovilizado en él y después redactar un parte facultativo. Otras veces habría que intervenir en función de forense, en caso de muertes accidentales, incluyendo los ahogamientos. Para el ingreso en los distintos cuerpos de la Armada era necesario un reconocimiento de aptitud física que según Real Orden de 12 de mayo de 1864, se llevará a cabo por médicos castrenses de la Armada o del Ejército, si los hubiere en el punto de residencia, o en su defecto por médicos civiles. No obstante; tenemos conocimiento que en fechas posteriores, en el examen oposición para ingreso, se llevaba a cabo un reconocimiento médico por un tribunal, firmando un acta en que manifestaban que el opositor era útil para el servicio de mar y tierra. Lo firmaban tres médicos de la Armada y daba el visto bueno el presiente asignado.*

*) Roca Núñez et al, pp. 45-47.



Temperamentos. Bailliére, 1844. El grabado en la Historia de la Medicina. Psiquiatría. Uriach.


BIBLIOGRAFÍA. 
Garcia-Cubillana de la Cruz, J.M. El antiguo hospital de San Carlos (1809-1981) y la ciudad de San Fernando. Publicaciones del Sur Editores. Cádiz, 2007.
ROCA NÚÑEZ, J.B. ROCA FERNÁNDEZ, F.J. GARVÍ LÓPEZ, M. ROCA FERNÁNDEZ, J.J. Historia de la Medicina. La Sanidad de la Armada española en la segunda mitad del siglo XIX. Martínez Encuadernaciones. Puerto Real (Cádiz), 2015.







martes, 12 de marzo de 2019

IN MEMÓRIAM. CRUCERO REINA REGENTE.


¿Qué barquito será aquel que viene dando tumbos? Será el Reina Regente que viene del otro mundo. Canción popular.

En mi niñez, cuando llegaba el mes de marzo, escuchaba decir a los mayores que era un mes de inestabilidad atmosférica y temporales. Hablaban de la tragedia del Reina Regente, desaparecido durante este mes, hacia ya muchos años. Este tema, al principio no despertó en mí especial atención hasta que en mi juventud tuve la oportunidad de ojear una revista en la que se hablaba de una extraña comunicación telepática entre un padre y su hijo, guardiamarina embarcado en el desafortunado buque. El hijo le comunica de forma misteriosa a su padre, el grave naufragio por el que pasa. La falta de conocimientos sobre esta historia que tenia en aquella época, unido al tiempo transcurrido, hace que apenas recuerde detalles de interés. ¡Cuánto daría por volver a encontrar aquella revista! Desde entonces, cuando llega el mes de marzo siempre me acuerdo de aquel buque de la Armada española que desaparece en aguas próximas al Estrecho de Gibraltar, un domingo 10 de marzo de 1895.1
Ya hemos referido en otra ocasión como su comandante, el capitán de navío Sanz de Andino, recibe orden del Capitán General del Departamento Marítimo de Cádiz de trasladar a Tánger una delegación marroquí, presidida por Hajd-Abd-el-Kerin Brisha.
El crucero, al que se le describía de “líneas graciosas y con dos curiosas chimeneas”, zarpa de Cádiz a las 11 y 30 horas de la mañana del día 9 de marzo de 1895. Después de unas siete horas de viaje, avista Tánger. Está oscureciendo y fondea en la rada del puerto. Se espera al día siguiente para desembarcar la delegación marroquí. Es el día 10 y a las 10 y 30 horas, probablemente ya celebrada la Misa dominical por el capellán Antonio Ramos Sánchez (2º capellán de la Armada), el buque leva anclas y dobla el “Muelle Viejo” para poner proa al N.O., rumbo a Cádiz. Pero nunca llegó.  
Poco se encontró del desafortunado crucero, solo determinados objetos esparcidos por distintas playas. Tres trozos de bandera nacional sin escudos, trozo de vaina con nombre Regente, un triangulo encarnado con el nombre del crucero; dos banderas de mano, un cojín y trozo de bandera con corona, un barril de bote para agua, un disco de madera con una R de bronce, un banco de madera con chapa, en la que se escribe “rancho 7”, un salvavidas, dos palos para toldo, una caja de cobre, un circulo de madera con una R de cobre, una escala de gato, una corona de tangón, remo de palma, trozo de amura de bote, una parte de roda de bote, gallinero, caja para bandera de telégrafos de bote, atacador de cañón de grueso calibre, atacador con el asta partida, remo con una pala pintada de blanco, palo de bote con chapa que tiene escrito “7º bote”, escudo de amura de bote con una R de bronce, tablilla de señales perteneciente a la primera canoa, bandera de bote nº 8, palo para toldo de bote, jaula o gallinero, capote de lona, tablilla del segundo bote, casillero de banderas, tablilla del segundo bote para ejercicios. La fecha en que se encuentran estos variados objetos abarca desde el 13 de marzo al 24 de junio de 1895, y los lugares son: Tarifa, Conil, Algeciras, Alborán, Marqués de Tamarón, Estepona, Alhucemas, playas de Mostaganen, Arcess y Sidi Ferruch, en Argelia estas tres últimas. No hubo más rastros a pesar de la intensísima búsqueda efectuada los días próximos al naufragio. Basándonos en el estudio hecho por Aragón Fontenla de las disposiciones del salvamento, podemos saber que intervinieron buques de la Armada con la participación de los cruceros Alfonso XII e Isla de Luzón y los cañoneros Perla y Cuervo. Se unieron varios buques mercantes; los vapores Gallo, Scolferino, Servando y James Haynes, además del vapor Piélago. Marruecos por su parte, envió el vapor Hassani. Se patrulló una extensa zona del Estrecho, desde Cádiz a Tánger, y otra zona desde Cabo San Vicente a Alborán e incluso se llegó a Canarias y Madeiras. Se navegó tanto de día como de noche, rastreándose aquellos lugares considerados más conflictivos para la navegación como las lajas de Conil, Placer de Meca, Bajo de la Aceitera, Torre de Castilobo, y otros lugares peligrosos. El armador Mc. Pherson, pionero de una empresa de excelentes servicios subacuáticos, se puso a disposición del Capitán General del Departamento y también la Armada rusa que poseía un dispositivo llamado “centinela submarino”, el cual emitía señales al pasar una sonda sobre objetos metálicos, y se ofreció a contribuir en la búsqueda.2
El suceso produjo una gran preocupación en el Gobierno de la nación. En el Congreso se pidió responsabilidad por parte de los congresistas; Gumersindo de Azcárate, Díaz Moreu y Llorens. El Ministro de Marina era el vicealmirante José María de Beránger y Ruiz de Apodaca y el Capitán General del Departamento Marítimo de Cádiz era el contralmirante Manuel de Pasquín y de Juan. El Ministro de Marina ordena una investigación poniendo al frente de ella al capitán de fragata Fernando Villaamil y Fernández-Cueto, auxiliado por el ingeniero jefe de primera clase José María Castellote y Pinazo, quien actuará como asesor técnico. El Capitán General del Departamento nombra un juez instructor cuyo cargo recae en el capitán de fragata Miguel Aguirre y Corveto quien se desplaza al lugar donde se había asegurado haberse visto por última vez al desafortunado navío. Toma declaración a los testigos que son los hermanos Antonio y Francisco Rodríguez, campesinos de Bolonia, dando por cierto el relato de estos por ser congruente con la descripción del crucero y de su naufragio. Por su parte, la comisión investigadora presenta sus conclusiones a la Junta Extraordinaria, reunida el día 5 de febrero de 1896, en que se afirma por dicha comisión que el buque no tenía defectos graves y la pérdida de este sería debido al inesperado y duro temporal, así como era muy probable que el Reina Regente fuera el buque que algunos vieron desde el poblado de Bolonia. No se consideraba pertinente determinar responsabilidades y se deseaba ¡Paz Eterna! para los que sucumbieron.
El comandante del Crucero Reina Regente era el capitán de navío Francisco de Paula Sanz de Andino y Martí, siendo su segundo el capitán de fragata Francisco Pérez Cuadrado. El resto de la dotación la componían: 4 tenientes de navío, 4 alféreces de navío, 1 teniente de infantería de marina, 2 oficiales médicos, 1 contador de navío, 1 capellán, 2 oficiales de máquina, 5 guardiamarinas, 7 contramaestres, 8 condestables, 2 sargentos de infantería de marina, 4 cabos primeros, 3 cabos segundos, 2 cornetas, 34 soldados de infantería de marina y 330 marineros.3 Entre estos últimos había 49 aprendices de la Escuela de Artillería. Tendremos también en cuenta que dentro de los contramaestres iban incluidos un primer y un tercer practicante, por su equivalencia. En total era de 412 hombres. Hubo dos hombres que no se encontraban a bordo en el momento del naufragio por haber desembarcado en Tánger a realizar determinados encargos y haber perdido el barco a la hora de su salida. Uno de ellos continúo servicio en la Armada como repostero de guardiamarinas en el segundo crucero Reina Regente, mientras que el otro lo hizo como panadero en el crucero Alfonso XIII.4
Hubo otro superviviente; un testigo mudo de la catástrofe; un perro terranova, propiedad del alférez de navío José María Enríquez Fernández, residente en Sanlúcar de Barrameda. El animal sobrevivió, siendo recogido por un buque mercante inglés, el cual tiempo después, con ocasión de una travesía a Sevilla, recaló frente a Sanlúcar en espera del práctico. El animal al reconocer la costa se lanza al agua y a nado llega a la orilla para dirigirse desde Bonanza a Quinta de la Paz, donde vivió su amo, pero al no encontrarlo se dirigió al domicilio de sus padres en la calle de la Bolsa. El padre que bajaba las escaleras; al ver al perro sufrió un desmayo, teniendo que ser atendido. Este hecho produjo una gran consternación en esta población de la ribera del Guadalquivir.5
Necrología de la Revista General de Marina poco después del naufragio.
¡Dios haya acogido en su seno las almas de quienes han muerto victimas del cumplimiento de su deber!
 La bandera de la Patria les sirve de sudario; la inmensidad de sepultura; el dolor público, de oración fúnebre; el recuerdo de sus compañeros, de gloria.
¡¡Descanse en Paz la dotación del crucero Reina Regente!! 6


NOTAS.
1). Roca et al. p.159
2). Aragón Fontenla, pp. 256-257.
3). 6). El Batiburillo Submarino. 10 de marzo de 2015.
4). Mollá Ayuso, p. 332.
5). Barba Jímenez. Prensa de Sánlucar. 3 de agoto de 1897.




 Crucero Reina Regente. Mollá Ayuso. R.G.M. p 332.



BIBLIOGRAFÍA.

Aragón Fontenla, M. “Historias de la mar: ¿Dónde se encuentra el Reina Regente?” Revista General de Marina. Marzo de 2001, pp. 247-262.
Barba Jimenez, A. “El perro misterioso”. Prensa local, 3 de agosto de 1897, tomado del Noticiero de Sevilla. Curiosidades de Sanlúcar de Barrameda.
desanlucar. Blogspot. com 13 septiembre 2011.
GIL HONDUBILLA, J. El crucero Reina Regente y su hundimiento el 9 de marzo de 1895. Colección Barlovento. Madrid, 2004 MoLLá Ayuso, L. “Historias de la mar: 100 años del Reina Regente”. Revista General de Marina. Marzo, 1995, pp. 329-340.
MoLLá Ayuso, L. “Historias de la mar: 100 años del Reina Regente”. Revista General de Marina. Marzo, 1995, pp. 329-340.
ROCA NÚÑEZ, J.B. ROCA FERNÁNDEZ, F.J. GARVÍ LÓPEZ, M. ROCA FERNÁNDEZ, J.J. Historia de la Medicina. La Sanidad de la Armada española en la segunda mitad del siglo XIX. Martínez Encuadernaciones. Puerto Real (Cádiz), 2015.

EL BATIBURRILLO SUBMARINO. “120 años del naufragio del crucero Reina Regente”.
Batiburrillosubmarino.wordpress.com 10 de marzo de 2015.


miércoles, 6 de marzo de 2019

HOSPITAL DE GALERAS DEL REY DE NÁPOLES-SICILIA.


En 1442, Alfonso V de Aragón conquistó Nápoles. Desde el siglo XV, Nápoles estuvo en poder de distintas potencias; Aragón, Francia, España y Austria. Fue finalmente independiente, de 1734 hasta 1860, año en que se incorporará a la Italia unificada. Sicilia, perteneció a Aragón desde 1282. De este modo, los antiguos reinos de Sicilia y Nápoles, estaban ligados a la corona de Aragón desde los siglos XIII y XV, respectivamente.
Con el desmembramiento de la monarquía hispánica en el tratado de Utrecht, de 1713, estos territorios pasan al dominio de Austria. España intenta recuperarlos posteriormente. En 1734, en la Guerra de Sucesión Polaca; Carlos, duque de Parma, derrotó a los austriacos con las tropas de su padre Felipe V de España. Recuperó estos dos reinos para la dinastía. Fue de inmediato reconocido por Francia, en el primer Pacto de Familia. En 1737 por los estados pontificios y a continuación por el resto de los estados italianos.
A la muerte de su hermano, Fernando VI de España, Carlos cede el trono de Nápoles-Sicilia a su hijo Fernando I de Borbón (IV de Nápoles y III de Sicilia), en 1759, con el objeto de poder acceder al trono de España.
Tras el paréntesis que ocupó la Guerra de la Independencia de España, frente a Napoleón, Fernando IV de Nápoles regresa al trono napolitano y cambia el nombre de Nápoles- Sicilia por el de Dos Sicilias, en el año 1816. En 1860, reina su nieto Francisco II de las Dos Sicilias y pierde el trono, arrebatado por Giuseppe Garibaldi, en la expedición de los Mil o de los Camisas rojas, enviada por Cerdeña. De este modo, el reino de las Dos Sicilias finaliza, quedando agregado a la nueva Italia.
 Hospital Naval.
Cuando la toma Nápoles y la isla de Sicilia, en la alianza con Francia y Cerdeña, la permanencia de tropas y escuadras en aquellos lugares, crea un problema hospitalario. Primero se establece una amplia enfermería y a continuación se proyecta un hospital en Puerto Specia, utilizando unos almacenes que cedió el gobierno de Génova. Se trata de un hospital provisional que recogerá las bajas de la escuadra del conde de Clavijo, durante los años de 1733 y 1734.
En 1735 se crea un Hospital Naval que se llamará Hospital de Galeras del rey de Nápoles y Sicilia. Estaba en la dársena del puerto napolitano y se le mandó la documentación del nuevo centro al médico de S.M. Francisco Buoncore, el cual da el visto bueno. Se dispone que haya médico, cirujano, capellán y contralor. El 27 de septiembre de 1735, el jefe de escuadra de las galeras de España, pasado al servicio del Rey de Nápoles-Sicilia, teniente general Miguel Reggio y Brachuforte, siempre asesorado por su protomédico, informa del Hospital al ministro español Patiño, y manifestando que el gobierno de este centro hospitalario será igual a los de España. Los enfermos deberán ser atendidos con “puntualidad en lo espiritual y temporal, como con aseo y limpieza”. Se establece las obligaciones del personal:
Contralor. Se hará responsable de recibir las bajas y colocar a los enfermos en las camas. Extenderá el alta a la salida del centro. Hará una relación mensual de los enfermos ingresados. Asistirá al peso de la carne, asegurándose de su calidad, así como de los demás alimentos que conduzcan a la curación de los enfermos. Se interesará que antes de la comida y de la cena, todo lo mandado por el médico y cirujano se haya cumplido.
Capellán. Cuidará de lo espiritual. Asistirá a la comida. Siendo un hospital reducido no se necesitará ayudante de capellán.
Médico. Deberá ser práctico y con suficiente experiencia. Pasará dos visitas diarias.
Cirujano. Actuará según su cargo.
Estas cuatros plazas debían contar con la aprobación de S.M. A continuación va a surgir un personal auxiliar.
Practicante. Debe ser aprobado por el médico y cirujano. Se hará cargo de la organización de las visitas y distribuirá el trabajo entre los demás practicantes y los hará “estudiar y enseñar”.
Dos practicantes. Que sepan hacer sangrías y hacer todo lo que ordenen el médico y cirujano. Si hubiere mucha afluencia de enfermos se aumentará el número de practicantes.1
Mayordomo. Ayudar al contralor en los asuntos económicos. Aprovisionamiento de dietas, medicinas y otros destinados a los enfermos. Encargarse de la distribución del hospital.  
Boticario. Un oficial boticario para poder despachar los medicamentos con prontitud, dispuestos por el médico y cirujano. Los practicantes ayudarán a dar las medicinas a los enfermos en las horas señaladas. Ello implica un establecimiento de botica dentro del hospital para no tener que traer los medicamentos de fuera.
Sirviente. Para limpieza de las salas, aseo de las camas y otros enseres.
Régimen hospitalario. Las camas para enfermos constarán de un tablado, un “gergón”2 de paja, un colchón de lana, cabecera de lana, dos sábanas y una fresada colcha o manta. Al encamarse el enfermo lo hará con la camisa que proporciona el Hospital y deberá mudarse cuando lo pida la necesidad o lo mande el médico. Las sábanas se mudarán cada 15 días o antes, si es de menester.
Durante la convalecencia debía de estar el enfermo con un capote, unas chinelas y un bonete, hasta ser dado de alta. Salía del centro con su ropa.
La ración alimenticia de los enfermos era de 8 onzas de pan, 8 onzas de carne, 1 onza de sémola o fideos, y otra de pasas o almendras; para el medio día. Por la noche; 8 onzas de pan, 4 onzas de carne y en su defecto o a quien no le convenga comer carne, se le dará un par de huevos. La cantidad de pasas y almendras señaladas.3
La gallina se les dará a todos aquellos a quienes se los había ordenado el médico, no pasando de un cuarto diario. También ocurría con el vino, no pasando de un cuartillo al día. Para los convalecientes; un puchero con carne y gallina, tomando por las mañanas una taza de caldo o sopas, y dicha gallina servirá para la comida. Si algún enfermo, por su debilidad, no podía ingerir carne o gallina, se le daba caldo con yemas y bizcochos.    
El el  dormitorio había un armario pequeño cada dos camas, con el objeto de colocar en el servilletas y cucharas, así como guardar el pan sobrante.   
Los enfermos debían ser “asistidos con el cuidado, aseo y limpieza requeridos”.4
 Otros hospitales.
Sabemos por el historial de Miguel de Cervantes, que nuestro ilustre escritor, alistado en la compañía de Diego de Urbina y embarcado en la galera Marquesa, había enfermado de malaria antes del combate de Lepanto, del día 7 de octubre de 1571. Pese a tener autorización para no combatir, eligió el hacerlo. Recibió dos tiros de arcabuz en la parte anterior del tórax y un tercero en la mano izquierda. Posteriormente, pasó 6 meses en un hospital de Mesina. Es posible que fuera hospital para marineros y soldados.
NOTAS.
1). Los practicantes serian aprendices de cirujanos.
2). “gergón”. Jergón: colchón relleno de paja, hierba o esparto que se colocaba debajo del de lana.
3). Onza castellana. Unidad de medida, equivalente a 28,75 gramos.
4). Clavijo, pp. 207-210.


Representación de una Galera. Historia Marítima Española. Cap. II, p. 9. Escuela Naval Militar. Publicación 297. Marín (Pontevedra).  
Fragmento del cuadro "La botica" del pintor italiano Pietro Longhi. Representación de una botica del siglo XVIII. Medicina. La Historia de la curación, p.82. Roy Porter (asesor editorial). Edit. Lisma.China, 2002.

BIBLIOGRAFÍA.
BELZUNCE, F. “Un buscavidas errante. Los viajes de Cervantes”. La Verdad.www.laverdad.es 2016.
CLAVIJO Y CLAVIJO, S. La trayectoria hospitalaria de la Armada española. Editorial Naval. Madrid, 1944.
WIKIPEDIA. “Reino de Nápoles”.www.wikipedia.org./wiki. 18 de sept. 2018.
WIKIPEDIA. “Reino de las Dos Sicilias”www.wikipedia.org./wiki. 12 de feb. 2019.


    





martes, 26 de febrero de 2019

LA SANIDAD DE LA ARMADA ESPAÑOLA EN EL GOLFO DE GUINEA Y RIO DE ORO.


En el año 1777 se pacta el Tratado con Portugal mediante el cual España tomará posesión de Fernando Poo y Annobón, a cambio de la colonia de Sacramento e Isla de Santa Catalina, en América. Parte una expedición desde Montevideo al siguiente año de 1778, formada por dos fragatas y el paquebote Santiago, mandada por el brigadier del Ejército Felipe Santos Toro, conde de Argelejo, y llevando como ayudante al teniente de artillería Joaquín Primo de Rivera. Va integrada por carpinteros, operarios, herreros, soldados, y un ingeniero. El objeto es establecer en aquellas tierras una fábrica. Joaquín Primo de Rivera se ve obligado a tomar el mando por enfermar y fallecer el conde de Argelejo. Debido a enfermedades entre numerosos miembros de la dotación, pasar por muchas penurias y haberse declarado un motín, se interrumpe la expedición. 
En otra expedición que realiza a Annobón José de Moros, en 1836, encuentra noticias de la existencia de varias factorías en la costa, las cuales contribuyen al abastecimiento de un hospital para marineros europeos enfermos. En 1842, Juan José Lerema en el bergantín Nervión llega a Fernando Poo y a las islas de Elobey y Annnobón, y el asentamiento de Clarence, en las primeras de las islas, pasa a llamarse de Santa Isabel. Desembarcará también en Corisco. Entre 1844 y 1845, Guillermo de Aragón lidera una nueva expedición al mando de la fragata Venus.
En 1858, parte de Cádiz el capitán de fragata Carlos Chacón y Michelena, mandando una flota formada por el vapor Vasco Núñez de Balboa, bergantín Gravina, goleta Cartagena y urca Santa María. Viajaba con la expedición un grupo de jesuitas dirigidos por el P. José Irisarri. Se efectuó la primera escala en la isla de Corisco.
La urca Santa María transportaba víveres y medicinas para cubrir un periodo de unos seis meses y además llevaba una barraca-hospital capaz de albergar unas 40 camas. Mientras que la hospitalización se hacia a bordo de la Santa María, se intentaba emplazar el nuevo hospital en Fernando Poo. Al principio se había elegido como lugar Punta Cristina, pero se desistió y Chacón decidió llevarlo a la punta opuesta que cierra la bahía de Santa Isabel, antigua Clarence, denominada Punta Fernanda, ya que consideró que este lugar reunía mejores condiciones higiénicas.
El día 15 de junio de 1858 llegan los materiales necesarios y en agosto comienzan las obras. Se recurre a la ayuda del personal nativo y el centro queda acabado en el mes de diciembre, siendo inaugurado el día 19 de este mes. El día 24, víspera de Navidad, toma la dirección el segundo médico José María Pérez Lora, uno de los facultativos de la división naval. Se organiza el traslado de enfermos desde la urca Santa María. El Hospital se va a regir según la reglamentación de los hospitales navales de la Península, aprobado el 2 de enero de 1859. El centro va a tomar el nombre de Hospital del Salvador, también conocido como El Príncipe de Asturias. El personal que forma parte del nuevo hospital es el siguiente:
Director. Es un profesor médico del Cuerpo de Sanidad de la Armada. Es jefe de Sanidad y además atenderá como facultativo a los pacientes ingresados. Pasará dos visitas diarias, a las 6 de la mañana y a las 5 de la tarde.
Administrador. Corresponde este cargo a un oficial del Cuerpo Administrativo, el cual llevará cuenta y razón de los gastos del establecimiento. Además; cuidará de las dependencias del centro, interesándose en que estén en buen estado. Así como de los víveres, ropas y utensilios. Llevará las altas y bajas de los enfermos ingresados.
Capellán. Será asignado para este cargo uno de los capellanes de los buques de la división y si no los hubiera se le pasará aviso al Padre Superior de la Misión para que nombre uno de los Padres de  la misma.
Practicante de Cirugía. Deberá tener a su cargo los utensilios de su profesión como; apósitos, vendajes, y aparatos. Siempre estarán preparados y dispuestos para su utilización. Asistirá a las visitas médicas, llevando un recetario y anotando en el las prescripciones de medicación externa o tópica. Una vez terminada la visita, debe pasar con el recetario a la botica para que el practicante de farmacia despache las medicinas ordenadas. A continuación, aplicará estas en la forma y hora que ha dispuesto el profesor médico. Practicará las operaciones propias de su profesión y llevará a cabo las curas simples en las horas establecidas. Recogerá los vendajes sucios y se los entregará al cabo de sala para que este los de a lavar y después se encargará de ellos, cuando estén limpios. Al finalizar el mes, hará una “papeleta” de consumo de los efectos a su cargo y de aquellos utensilios que se hubieren roto, para su reposición o exclusión. Recibirá a los enfermos que ingresen en el centro y anotará en un libro la procedencia o buque a que pertenezcan, así como: clase, nombre, apellidos materno y paterno. También anotará en dicho libro el día de alta, anotando el destino a que pasa. O bien, la defunción, cuando la triste circunstancia desgraciadamente ocurriera.
Montaba guardias, un día si y otro no, alternado con el cabo de salas, sin estar excusado de realizar su trabajo durante ella.
Practicante de Farmacia. Tenía a su cargo las medicinas y utensilios de la botica, siendo responsable de su conservación. Además, se encargaba de la elaboración de las medicinas recetadas por el profesor médico. Asistirá a las visitas ordinarias y también extraordinarias, programadas por el médico, y siempre llevando consigo el recetario de medicinas para apuntar en el, con toda claridad, las prescripciones. Una vez terminada la consulta, se dedicará a preparar las medicinas ordenadas y entregar al practicante de cirugía las tópicas o externas.
Distribuirá personalmente las tisanas o cocimientos, poniéndolos en la cabecera de la cama y encargando al enfermo el uso de ellas, si el estado de este lo permitiera. En el caso de enfermos graves, la administración de los preparados corría a cargo del enfermero de la sala. Al finalizar el mes, hacia una “papeleta”, indicando los consumos.
Cabo de Salas. Tenía a su cargo las camas, ropas, envases, y aquellos que no estaban en uso quedarían guardados en el almacén. Asistía a las visitas médicas, llevando una libreta para anotar en ella la alimentación ordenada. Una vez finalizada esta visita, pasaba a la despensa para entregarla, en presencia del cocinero. Distribuía las comidas. Cuidaba del orden y se preocupaba por la limpieza de las salas y camas. Montaba guardias, un día si y otro no, alternando con el practicante de cirugía. Vigilaba la conducta de los enfermeros. Recogía la ropa de los enfermos ingresados, anotándolo.
Enfermeros. Se destinaba a cada sala el número de ellos que se consideraba necesario y no podía bajar de dos el número en cada una de ellas. Debían tratar a los enfermos en sus necesidades con dulzura y caridad. Hacían las camas y la limpieza de las vasijas. Debían cuidar del alumbrado, encendiéndolo a la puesta del sol y apagándolo por la mañana. Asistían a la visita médica. Acompañaban al cabo de salas para llevar los alimentos y a los practicantes de cirugía y farmacia para llevar el material de cura y las medicinas. Había un enfermero de guardia en cada sala, día y noche. No podían abandonar el establecimiento sin el permiso del director pero los días festivos, si estaban francos de servicio, se les concedía salir después de la comida hasta el anochecer.
Despensero. Tenía a su cargo los víveres pertenecientes al hospital, cuidando de su conservación. También era responsable de los enseres de cocina que no estuvieran en uso. Entregaba al cocinero, con arreglo a la libreta del cabo de salas, los artículos ordenados. En un tablero estaba la nota, indicando los artículos y raciones.
Cocinero. Tenía a su cargo los utensilios y envase de su dependencia, debiendo cuidar de su limpieza y conservación. Cocinaba los alimentos indicados para los enfermos y la comida del personal del hospital. Debía fregar platos y enseres. Recibía los artículos del despensero. Debía proveer a la enfermería el agua caliente necesaria para baños y operaciones, y siempre mantenía un hornillo con fuego para cubrir estas necesidades.
Krumanes. Personal nativo. Había un número de ellos considerados necesarios para el servicio exterior del establecimiento. Estaban encargados, fundamentalmente, de la limpieza del centro. Debían de estar provistos de agua potable y para limpieza. También tenían la misión de podar las plantas y conducir al cementerio los cadáveres de los fallecidos, dándoles sepultura. En esta penosa misión le acompañaba un enfermero.
Régimen de comidas hospitalarias.
Se siguió el Reglamento del Hospital de Marina de San Carlos, aprobado el 27 de mayo de 1851. El desayuno tenía lugar después de la visita médica. La comida a las 11 de la mañana y la cena a las 5 de la tarde. Si algún enfermo estaba febril y en mal estado, se guardaba la alimentación para cuando pudiera tomarla. Las dietas se daban según prescripción facultativa.
Reglamento interno del Hospital.
El hospital y sus dependencias se abrían al amanecer y se cerraban a las ocho de la noche. El personal no podía pernoctar fuera sin permiso del director. No se abriría la puerta, a no ser que se produjera un ingreso o tuviera el facultativo que hacer una visita extraordinaria. Los días festivos, se podían visitar a los enfermos en horarios de 10 a 11 de la mañana y de 3 a 5 de la tarde. No se podía introducir en el centro; alimentos, bebidas, y ropas.1
Hospital de María Cristina.
El primitivo Hospital va acusando el paso del tiempo y surge la necesidad de construir un nuevo centro que tomará el nombre de Hospital de María Cristina. En su construcción se emplea el acero y materiales importados de Bélgica.
Luis Ferrer González nos va hacer una descripción del centro, la cual recogida por Salvador Clavijo nos va a proporcionar una idea de su estructura física. Refiere que consta de un solo piso y que se encuentra elevado del suelo 1,80 metros. Tiene tres salas, capaz de albergar cada una de ellas 12 enfermos, y se encuentran separadas por dos patios interiores. Cada sala tiene dos cuartos para enfermos y material. Reciben luz y ventilación por ocho ventanas rasgadas, de corredera. Hay dos grandes puertas para facilitar el acceso a dichas salas, una en cada extremo.
El frente principal del edificio tiene delante una galería cubierta. Separados de las salas y en corredores anchos y transversales están los alojamientos del director, practicantes y boticario. Hay cuatro habitaciones más para enfermos distinguidos, cuartos de aislamiento y otros.
Otro corredor separa las salas de la fachada posterior, donde están: cocina, despensa y almacén. En cada extremo de los corredores hay dos habitaciones destinadas al depósito de medicinas y almacén de ropas, y en el posterior hay cuatro cuartos para excusados.
Nos llama la atención de que no se hable de la Capilla y de la habitación que debería ocupar el capellán. Tampoco figura entre el personal algún sacristán, como ocurría en otros hospitales, por lo que podemos pensar que este cargo podría recaer en algún personal del centro de la clase enfermero. Otro personaje que sorprende su presencia es la figura del boticario, y no sabemos si había alguien de esta clase contratado o se refiere al practicante de farmacia.
Este Hospital dejará de pertenecer a la Armada para pasar al Ejército. Aunque la Marina solicitó se le concediera una sala, a semejanza del Hospital de Ejército de la Habana, chocó con el problema de la falta de facultativos navales. No obstante, el personal de Armada siguió hospitalizándose en el centro. La Armada dispuso de una enfermería en la isla de Elobey.
Rio de Oro.
En el Sahara occidental, llamado Sahara español, en 1881 se habilitó como hospital un pontón fondeado frente a la costa de Rio de Oro, con el fin de prestar apoyo sanitario a la flota pesquera de las Islas Canarias. Tres años después, en 1884, con la fundación de Villa Cisneros se crea en la zona un destacamento y se construye una enfermería, quedando destinado en ella un segundo médico, comisionado y perteneciente al servicio de guardias del Hospital de Marina de San Carlos. Probablemente, hubo también un practicante comisionado.

NOTAS.
1) Clavijo y Clavijo, pp. 280-284.



Hospital Reina Cristina en Fernando Poo. Fachada exterior y una de sus salas. Salvador Clavijo. Figuras 86 y 87, p. 287.

BIBLIOGRAFÍA.
Clavijo y Clavijo, S. La trayectoria hospitalaria de la Armada española. Editorial Naval. Madrid, 1944.
Gracia Rivas, M. La Sanidad Naval española. Historia y evolución. E. N. Bazán. Barcelona, 1995.
ROCA NÚÑEZ, J.B. ROCA FERNÁNDEZ, F.J. GARVÍ LÓPEZ, M. ROCA FERNÁNDEZ, J.J. Historia de la Medicina. La Sanidad de la Armada española en la segunda mitad del siglo XIX. Martínez Encuadernaciones. Puerto Real (Cádiz), 2015.
SÁNCHEZ LOBERA, F. “Primeras exploraciones españolas en el golfo de Guinea”.
www.elinconformistadigital.com. Barcelona, 28 de septiembre de 2014.

BIBLIOTECA VIRTUAL DE DEFENSA. Estado General de la Armada. Cuerpo de Sanidad. Año 1859.




    

martes, 19 de febrero de 2019

LA SANIDAD DE LA ARMADA ESPAÑOLA EN LAS CAROLINAS.


Estas islas fueron descubiertas por Toribio Alonso de Salazar y Diego Saavedra, quienes avistaron la isla de San Bartolomé en el año 1527. Desde entonces, España colonizó aquella zona, permaneciendo en ella hasta que después de la guerra hispano-americana de 1898 fueron vendidas a Alemania, reservándose España  el derecho de poseer un depósito de carbón en la región.
La isla de Yap, situada en la Micronesia y al oeste del Océano Pacífico, formaba parte del conjunto de cuatro islas unidas en un arrecife de coral, y la colonia española se situó en un montecillo, al fondo de la bahía de Tormil. Al establecerse la división naval de Carolinas; Yap fue la cabeza de la zona occidental, construyéndose una enfermería en una excavación del terreno. El edificio quedaba formado por cinco barracas de madera y hojas de coco y con cimientos hechos también de pilotes de coco.1
Ponapé fue la cabeza de la zona oriental y contaba también con su enfermería cuya característica podemos conocer gracias a la descripción hecha de ella por el segundo médico de la Armada Jesús López Suevos, destinado o comisionado en ella entre los años  1896 y 1899.2
Escribe: Situada junto a la playa y con dos pantanales, está rodeada por una muralla con tres pequeños fuertes y dos baterías para dos y cuatro cañones. Disponía de una enfermería formada por dos construcciones circulares unidas por un corredor. Junto a ella un local para cocina de los enfermos y otro para el alojamiento del practicante. En el centro de la colonia y frente a la Casa de Gobierno  estaban las del  médico y Secretario de la Colonia.3                                                       
Había otros edificios destinados a alojamiento de la tropa, almacenes, una escuela y la iglesia. Eran los edificios más destacados de un conjunto de un total de treinta o cuarenta casas.
NOTAS.
1). Clavijo y Clavijo, p. 306.
2). En el escalafón del Cuerpo de Sanidad de la Armada de la época, el segundo médico Jesús López Suevos aparece destinado en el Aviso Marqués del Duero, buque destacado en el Apostadero de Filipinas. Tampoco se ha encontrado destinos de médicos y practicantes en Carolinas. Ello coincide con que la sanidad de estas islas corriera a cargo de una división naval de Filipinas, la cual prestaba apoyo logístico total. También hubo un buque pontón para la asistencia sanitaria.
3). Gracia Rivas, p. 139.



Corbeta María de Molina que al final de su carrera sirvió en Las Carolinas como buque pontón. Ilustración de José Lledó Calabuig. Buques de vapor de la Armada española, p.116.

BIBLIOGRAFÍA.
Clavijo y Clavijo, S. La trayectoria hospitalaria de la Armada española. Editorial Naval. Madrid, 1944.
Gracia Rivas, M. La Sanidad Naval española. Historia y evolución. E. N. Bazán. Barcelona, 1995.
ROCA NÚÑEZ, J.B. ROCA FERNÁNDEZ, F.J. GARVÍ LÓPEZ, M. ROCA FERNÁNDEZ, J.J. Historia de la Medicina. La Sanidad de la Armada española en la segunda mitad del siglo XIX. Martínez Encuadernaciones. Puerto Real (Cádiz), 2015.

ESTADO GENERAL DE LA ARMADA. Cuerpo de Sanidad. Año 1898. Biblioteca y Archivo Naval de San Fernando.







martes, 12 de febrero de 2019

ASISTENCIA HOSPITALARIA EN FILIPINAS DE LAS ORDENES RELIGIOSAS.


Con la colonización de Legazpi llegaron al archipiélago los Agustinos y en 1545 fundaron el primer hospital español en la isla de Cebú. El centro asistencial estaba fabricado a base de caña y nipa, recibiendo en el asistencia sanitaria la propia tropa expedicionaria.
En 1577 llegan los Franciscanos y construyen en intramuros de Manila, el Hospital Real de Españoles u Hospital Militar.
En 1606 llegan los primeros hermanos de la Orden de San Juan de Dios.
En 1862 llegan a Manila las Hijas de la Caridad de la Orden de San Vicente de Paul, se distribuyen por los hospitales militares y se hacen cargo de varios colegios.
No podemos olvidar que los Dominicos, en 1645 rigieron la Universidad de Santo Tomás y que en 1871 comenzó a impartir cursos de Medicina y Farmacia. Las Órdenes de Santo Domingo y San Francisco fundaron algunos hospitales, aunque estos últimos, en los comienzos, llevaron todo el peso de  la organización hospitalaria.1
La Orden de San Juan de Dios tendrá un gran protagonismo hacia la mitad del siglo XVII.
Hospitales de Filipinas.
Hospital de Naturales Santa Ana.
En el año 1578, Fray Juan de San Clemente, hermano lego franciscano, se dedica a ejercer la caridad, cuidando a los enfermos que llegan a la portería del convento de San Francisco, en Manila, y solicita a sus superiores construir un pequeño pabellón en el atrio del convento. Pero como el local era insuficiente se llegó a la construcción de una amplia casa, hecha a base de caña y rupa, la cual contaba con dos grandes pabellones. El nuevo hospitalillo abrirá sus puertas en 1580 y tomará el nombre de Hospital de Santa Ana o de los Naturales. En 1583 este centro sufre un aparatoso incendio y es destruido. En 1585 se construye un nuevo centro, en el mismo lugar.
En 1593, el nuevo hospital cuenta con tres salas de enfermería. Al año siguiente, de 1594, el Padre franciscano Marcos de Lisboa crea la Hermandad de la Misericordia y consigue fondos para ampliación y sostenimiento del centro que pasará a llamarse Hospital de la Misericordia. Pero sufre un nuevo incendio en 1603. Entonces, la Orden toma la decisión de construir un nuevo hospital a extramuros de Manila y que esté especializado en albergar enfermos con lepra y otras enfermedades contagiosas, mientras que  en los terrenos del siniestro se construiría un hospital general. De este modo, los franciscanos van a disponer de dos hospitales: Hospital de San Lázaro para leprosos, en extramuros, y Hospital de la Misericordia, en intramuros.
Hospital de Sangleyes San Gabriel.
Llamado también Hospital de Chinos. Había sido construido alrededor de 1588 y se encontraba en el barrio chino de Parián, a extramuros de Manila. Fue fundado por los Padres Dominicos y permaneció hasta 1744.
Hospital de San Lázaro.
Nos hemos referido anteriormente a el. Fundado por los Padres Franciscanos, a principios del siglo XVII, en las afueras de Manila y entre los pueblos de Dilao y Malosac.
Hospital de los Baños.
En la isla de Luzón y entre las provincias de La Laguna y Batangas, fué fundado este centro hospitalario. También llamado “Hospital de las aguas calientes”. En realidad era un balneario donde se curaban distintos tipos de enfermedades. Eran atendidos pacientes de distintos estamentos sociales, tanto españoles como filipinos. El Hospital fue fundado en el año 1603, por los PP. Franciscanos en un territorio correspondiente a la Misión de los PP. Agustinos. Para obtener permiso para la construcción del centro hubo que demostrar mediante análisis químicos de la época, la propiedad de aquellas aguas. Al principio, se construyó a base de caña y rupa, pero en 1614 se reedifica, empleando la piedra en la construcción. En 1727 fue destruido por un incendio y reconstruido poco después, siguió funcionando durante los siglos XVIII y XIX.
Hospital de Nueva Cáceres.
Nueva Cáceres era la capital de Camarines y en el siglo XVII los PP. Franciscanos disponían de un hospital, trasladados los enseres desde el hospitalillo que tenían en la aldea vecina de Naga, llamado Hospital de San Diego. Como van a ser atendidos un gran número de leprosos pasará a llamarse Hospital de San Lázaro.
Hospital de Cavite del Espíritu Santo.
En el año 1591, los PP. Franciscanos fundan un pequeño hospital próximo al puerto de Cavite, en el pueblecito de San Roque, y al que llamarán Hospital del Espíritu Santo u Hospital Real de Cavite. En 1642 se ven obligados a entregar el centro a los Hermanos de San Juan de Dios, los cuales llevan la orden de hacerse cargo de todos los hospitales del Archipiélago. Tomará el nombre de Hospital de San Juan de Dios de Cavite.
Hospital de San Juan de Dios de Manila.
En el año 1656 la Orden de San Juan de Dios va a hacerse cargo del Hospital de la Santa Misericordia, primitivo Hospital de Naturales, y tomará el nombre de Hospital de San Juan de Dios de Manila. Este centro dura hasta 1866, en que por Decreto del Gobernador General de Filipinas, del 29 de agosto de dicho año, la orden juandediana deja el Hospital para trasladarse al de San José de Cavite que pasará a llamarse San Juan de Dios de Cavite. El anterior Hospital de Manila pasará al Gobierno General.
El Hospital de Manila, por la acción de los terremotos e incendios que sufrió tuvo que ser reconstruido en varias ocasiones. Fray Luis Ortega, refiriéndose al Hospital, afirma que en el se habían atendidos entre 1730 y 1772 a 8.000 pobres, 16 sacerdotes y 30 colegiales. La Sala de Nuestra Señora de los Dolores era para hombres, la de San José para cigarreros, y la de San Joaquín para extranjeros. En 1856 se puso en funcionamiento una Sala de gravedad y otra sala para curas diarias de pacientes que no precisaran hospitalización.
Hospital de San José de Cavite.
Había sido construido en un amplio solar, en Cavite, en la calle del Cabildo y junto al convento de Santa Clara. Ya hemos referido que cuando la Orden de San Juan de Dios se hace cargo del centro pasa a llamarse Hospital de San Juan de Dios de Cavite.
Durante la segunda mitad del siglo XVIII y la primera del siglo XIX, los hospitales de San Juan de Dios de Manila y de Cavite eran los dos únicos centros hospitalarios importantes que funcionaban en el Archipiélago de Filipinas.
Este Hospital de Cavite llegó a disponer de 255 camas, distribuidas en las salas siguientes:
Nuestra Señora de los Dolores. 46.
Nuestra Señora del Rosario. 41.
San Rafael. 28.
Santísima Trinidad. 46.
San Pío V. 20.
Santo Cristo. 14.
San José. 60. 2
Los pacientes ingresados eran fundamentalmente militares del Ejército y de la Armada, pero también eran atendidos presos y pobres de solemnidad. Por parte de la Marina se amplió la atención hospitalaria al personal de maestranza de las fábricas y al embarcado en buques de guerra.
La Orden de San Juan de Dios en Filipinas.
En el año 1606 llegan al Archipiélago los primeros Hermanos de la Orden juandediana. Son los PP. Fray Juan de Gamboa y Fray Lucas de los Ángeles, quienes logran un modesto refugio a extramuros de la ciudad de Bagumbaya. En 1624 se comunica al Rey la mala situación reinante en los hospitales de Manila, produciéndose muchos fallecimientos por falta de atención médica, en particular de soldados. Se dice que sería muy conveniente de que los Hermanos de San Juan de Dios tuviesen a su cargo su administración y servicio. 3
Cuando se hace cargo de la capitanía general de Filipinas D. Juan Niño de Tavora, toma la iniciativa, en 1626, de que los Hermanos de San Juan de Dios en Manila, en virtud de una Real Cédula del 16 de octubre de dicho año, se encarguen de la hospitalización del archipiélago. No obstante, debido a una serie de dificultades, tuvo que pasar algún tiempo para que llegaran dos religiosos de la Orden, en calidad de comisionados, pertenecientes al convento de Nuestra Señora de los Desamparados, en el virreinato de Méjico. Eran los PP. Fray Andrés de San Joseph y Fray Antonio de Santiago, y era el año 1641. Dichos religiosos tenían la orden de recibir el gobierno de los hospitales de Manila y Cavite, así como el colegio de San Juan de Letrán. Es cuando sustituyen a la Orden franciscana, la cual llevaba la administración de los hospitales filipinos de la isla de Luzón.
La Orden juandediana comienza en Cavite con un modesto hospital de 10 camas, levantado y mantenido a expensas de limosnas. Cavite era una pequeña ciudad a tres leguas de Manila, por mar, entre las ensenadas de Cañacao y Bacoor, habiendo sustituido al poblado de Cavite Viejo, más cerca de Manila. Quedaba instalado en la punta llamada por los indios de Tengray, por tener forma de anzuelo. La ciudad, muy pequeña, contaba con solo tres calles, muy estrechas y poco saneadas.
A los dos meses de la estancia juandediana, solicitaron la entrega del Hospital Real de Cavite, que como recordaremos, administraba el centro la Orden de San Francisco. El hospital estaba hecho de madera y jarigues, y cubierto de tejas. Lleva la dirección hospitalaria Fray Andrés de San Joseph. Más tarde, se sitúan en un hospital, a extramuros de Manila, y en 1644 la Orden obtiene licencia para restablecer el antiguo Hospital de Bagumbaya. La idea de Fray Andrés, es contar con un grupo de religiosos, cirujanos expertos y entendidos en cirugía, para servir en los galeones de la Armada que partieran de la ciudad, igual que ocurría en las provincias del Perú y Nueva España.
El Hospital de Manila era el antiquísimo Hospital Real que había pasado a ser administrado por la Hermandad de la Santa Misericordia. El Hospital pasa a llamarse de San Juan de Dios.
En el siglo XVIII, 1734, el Padre Jesuita Murillo, escribe: un Hospital Real muy grande y bien proveído, de que hay un Capellán, Médico, Cirujano y Botica para los soldados.4
No obstante, la situación sanitaria en las islas no era buena, como se desprende de la referencia que hace Fray Juan Maldonado, de la Orden de San Juan de Dios, en 1742:
Carecen estas islas de Médicos y Cirujanos y también de Medicinas porque a excepción de la Capital Manila y el Puerto de Cabite, donde tenemos Hospitales y assistir pueden, el corto número de sugetos seculares, que la Facultan proffesan, las demás Provincias y muchos Pueblos dependientes, solo se mantienen de la Providencia, socorriéndose con yervas y otros simples… 5
El Hospital llegó a tener 113 camas, distribuidas por las siguientes salas: Nuestra Señora de los Dolores, Nuestro Padre San Juan de Dios, San Joaquín, San José y Nuestro Padre Jesús. 
 En Cavite, los Hospitalarios se trasladan desde San Roque al centro de la ciudad, calle Mayor, cerca del Astillero y Arsenal. Del Hospital de San José de Cavite, después de San Juan de Dios, ya hemos hecho referencia.
Las Hijas de la Caridad de la Orden de San Vicente de Paul llegan a Filipinas.
En 1845 el P. Codina había concebido la idea de que las HH. de la Caridad de la Orden de San Vicente de Paul se hicieran cargo de la enfermería de los hospitales de Filipinas. En 1852, una Real Orden expresa que las Hijas de la Caridad atiendan a los hospitales de Filipinas. Además, se encargarán de la enseñanza de niñas, en los colegios de Santa Potenciana, Santa Isabel, Compañía de Jesús y San Sebastián.
En 1855, el gobernador y capitán general de Filipinas, ha recibido la noticia del envío al Archipiélago de las doce Hermanas que había reclamado. No obstante, se le notifica que no es posible la llegada de estas religiosas, junto a varios directores espirituales, por escasez de medios. En 1861, se dispone una expedición bajo la dirección del Director Espiritual de Hermanas y Superior de la Casa de los Misioneros de Manila, P. Inocencio Gómez. En dicha expedición figuran cuatro misioneros y quince hermanas. La superiora es Sor Tiburcia Ayanz y la encargada de las escuelas es Sor Eustaquia Laza. Van a partir del puerto de Cádiz, en la fragata Concepción, el 5 de marzo de 1862, y el 22 de agosto llegan a Manila para ocupar sus puestos en hospitales y escuelas.
Hospitales y enfermerías militares.
El capítulo de los hospitales y enfermerías propias del Ejército y de la Armada en Filipinas ya ha sido tratado anteriormente por lo que solo vamos a recordar las referencias donde puede leerse:
Blog de Humanidades y Medicina. humanidadesymedicina.bogspot.com
Asistencia sanitaria de la Armada en Filipinas. 18 de octubre de 2017.
La Sanidad del Ejército en Filipinas. 24 de octubre de 2017.
Revista General de Marina.
El Hospital Nuestra Señora de los Dolores de Cañacao en Filipinas. Enero-Febrero de 2018. Vol. 274, pp. 53-59.
NOTAS.
1). Beláustegui Fernández, pp. 21-22.
2). Regodón Vizcaino, pp. 60-61.
3). 4). 5). Clavijo y Clavijo, pp. 386 y 394.




Hospital de San Juan de Dios en Manila. Clavijo. La Orden Hospitalaria en la Marina de Guerra, p. 388.

BIBLIOGRAFÍA.
BELÁUSTEGUI Fernández, A. Sanitarios Militares en Filipinas, 1521-1898: La lucha contra el olvido VII. Servicio de Publicaciones del Ministerio de Defensa. Madrid, 2012.
Clavijo y Clavijo, S. La Orden de San Juan de Dios en la Marina de Guerra de España. Presencia y Nexo. IV Centenario de la muerte del Santo Fundador. 1550-1950. NIHIL OBSTAT. Madrid, 1950
REGODÓN VIZCAINO, J. Contribución al estudio de la Medicina en las islas filipinas en la segunda mitad del siglo XIX. Tesis Doctoral. Universidad Complutense de Madrid. Departamento de Historia de la Medicina. Facultad de Medicina. Madrid, 1990.

HIJAS DE LA CARIDAD: fundación en Filipinas. Somos Vicencianos. “Historia de las Hijas de la Caridad”. Vicentians.com. 23 de octubre de 2016.




         

  

  

  

martes, 5 de febrero de 2019

ASISTENCIA HOSPITALARIA EN CHILE DE LA ORDEN DE SAN JUAN DE DIOS A LOS MARINOS ESPAÑOLES.



La simbiosis entre la Marina de Guerra y la Marina Mercante de España con la Orden de San Juan de Dios queda reflejada en estas tierras a través de los puertos de la Concepción, Valdivia, Arica, La Serena y Valparaíso.
En la Concepción se le hizo entrega a la Orden el Hospital de Nuestra Señora de la Misericordia que había sido levantado en el año 1550 y debido a terremotos y a erupciones volcánicas había tenido que ser reedificado en 1558 y 1657. Un nuevo Hospital de San Juan de Dios entra en funcionamiento en 1765, siendo prior Fray Cayetano Torres, y la Marina lo utiliza como hospital naval.
En Valdivia, los hermanos hospitalarios se habían situado en 1645, bajo la dirección de Fray Thomás de Mendoza. Existía el hospitalillo de Santa María la Blanca y este centro fue utilizado como hospital militar. Reconstruido en 1753, ocupó plaza de médico-cirujano el Padre Manuel Chaparro, de la Orden, en sustitución del Padre franciscano Daniel Botello.
En La Serena, capital de la provincia de Coquimbo, se instaló un hospital provisional que fue reedificado en 1559. En 1686 se restaura la iglesia y el hospital, por orden del obispo de Santiago, Bernardo Carrasco. En 1745 se le entrega a la Orden el Hospital de Nuestra Señora de la Asunción. Es un amplio edificio en el que se instalan dos salas, separadas para hombres y mujeres. En 1765 llega a tener 16 camas. En 1792 es derribado por un terremoto, reconstruido, y finalmente demolido en 1799. No obstante, la Marina de Guerra lo utilizó poco, siendo más bien utilizado por la Marina Mercante, donde en el fondeadero del Sur arribaban los barcos.
Valparaíso, durante la primera mitad del siglo XVII se había constituido en una plaza militar. A mediados del siglo XVIII comienza el problema hospitalario y en 1769 se ordena la construcción de un hospital, por Real Cédula, en este puerto. Pero no se puede llevar a cabo el levantamiento del edificio por falta de medios. En 1777, una comisión propone dos posibilidades; utilizar un terreno en la charca del almendral, perteneciente a los jesuitas o utilizar el antiguo convento de Santo Domingo, no terminado. Al final, se empleará el terreno perteneciente a los dominicos, en la quebrada Elías. Toma el nuevo centro el nombre de Hospital de San Juan de Dios y la condición es que sean asistidos las dotaciones de los navíos procedentes de España y de los mares del Sur. La apertura tiene lugar con Fray Luis Navedas.
Comienza a funcionar en 1787 y al año siguiente hubo un desplome de parte del edificio, debido a las fuertes lluvias y desbordes fluviales. De este modo, Valparaíso cuenta con un Hospital Real, existiendo constancia de que en este centro son atendidos los marinos de los buques Diamante, San José, y Príncipe Carlos. En 1797 y 1798 se registra el ingreso de enfermos pertenecientes al bergantín Júpiter y a la fragata Castora.    
En Arica, nos encontramos con que la Armada frecuentó poco este puerto. En 1793 solo había cuatro religiosos, dirigidos por el Padre José García, de la Orden de San Juan de Dios. El Hospital llegó a contar con 24 camas, siendo atendidos los marinos mercantes.



Representación de una panorámica de Valparaíso en la época. Clavijo. Fig 131, p. 369.




BIBLIOGRAFÍA.
Clavijo y Clavijo, S. La Orden de San Juan de Dios en la Marina de Guerra de España. Presencia y Nexo. IV Centenario de la muerte del Santo Fundador. 1550-1950. NIHIL OBSTAT. Madrid, 1950.
ALBERTO LÓPEZ, M. “Iglesias de Valparaíso. Hospital de San Juan de Dios y Capilla del Carmen”.
valpoiglesias.blogspot.com. 30 de noviembre de 2011.