PRENDIMIENTO DE JESÚS
Recordemos que después de la cena, solo unas horas después, Jesús se derrumba en el huerto. Pero, después de su oración al Padre, retoma, de pronto, las riendas. Se levanta y se dirige hacia la muerte con una increíble serenidad.
Opina el ilustre teólogo José Luis Martín Descalzo que no hay dos voluntades, porque la de Jesús y la del Padre son la misma y, esa hora tan esperada, había ya sonado. San Marcos lo describe perfectamente en su evangelio. Ya está. LLegó la hora: he aquí que el Hijo del hombre es entregado en manos de los pecadores. Levantaos, vamos. Mirad que el que me va a entregar está llegando.
Por las puertas de la ciudad había salido un extraño grupo cuyo núcleo principal lo formaban los guardias del templo: sacerdotes y levitas encargados de mantener el orden en este lugar sagrado y en que en más de una ocasión habían tenido enfrentamientos con Jesús. Junto a ellos, se unieron algunos fariseos, saduceos y herodianos, que no querían perderse el espectáculo. Además, tropa romana de ocupación. El evangelio de San Juan habla de un cohorte al mando de un oficial comandante, un tribuno. Pero, probablemente no se tratara de un cohorte entero, el cual se componía de seiscientas soldados, sino solo un destacamento que los romanos llamaban un manípulo.
Siguiendo a Martín Descalzo, reflexionando sobre este hecho surge la siguiente duda: ¿Se habían puesto de acuerdo los sacerdotes con Pilato para que este le concediera la compañía protectora de los soldados romanos? El ejército romano habitualmente vigilaba la Torre Antonia y en estos días de la Pascua tenían que intervenir con frecuencia, debido a los abundantes altercados. Este sería un motivo para que acompañaran al grupo religioso.
Judas sabía que Jesús era pacífico pero no ocurría lo mismo con sus acompañantes, incluso algunos con intención de defensa llevaban puñales ocultos y, algunos manejaban con rapidez y habilidad la espada. Así que lo mejor era presentarse por sorpresa y de forma amistosa para no alarmar a los acompañantes.
Llega la escena tan conocida como El beso de Judas. Porque el traidor tiene que mostrar quién era Jesús, ya que los soldados romanos no lo conocían en absoluto, mientras que los fariseos y guardianes del templo, la mayoría solo lo habían visto de refilón y no se habían quedado con su figura.
Judas elige una señal misteriosa, comenzando con la habitual señal de saludo y respeto que es un beso en las mejillas. Después puede añadir: Sujetadle y llevadle bien asegurado.
La entrada del huerto, de repente, se había llenado de antorchas, de vocería y gente. Todo aquel ruido despierta a los ocho que estaban durmiendo en la cueva. Y, cuando se acercan cautelosos ven algo que no entienden. Judas se acerca a Jesús con los brazos abiertos para el abrazo y le besa en ambas mejillas. Intuyen sus palabras: Salve Maestro. Pero no dejan de preguntarse: ¿Qué hacen allí todos aquellos soldados? ¿Por qué viene Judas con ellos?
Los discípulos oyen claramente las palabras del Maestro: Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre? Entienden que se trata de una acción de alta traición y Judas es el traidor.
Pero examinemos la actitud de los soldados que a pesar de suponerles fríos y profesionales, vacilan y no se precipitan encima de Jesús. Parece ser que vacilan durante unos segundos. Jesús se les queda mirando y les pregunta: ¿A quien buscáis? Alguien responde: A Jesús Nazareno. Jesús responde: Yo soy.
El evangelista dice que los soldados retroceden y caen por tierra. Según Martín Descalzo, este hecho no tiene que ser interpretado como un milagro espectacular, simplemente la fuerza de la voz de Jesús provocó que los de la primera fila retrocedieron y tropezaron con los acompañantes que se agolpaban tras ellos.
Ahora Jesús, bajando el tono, dice: Si me buscáis a mí, dejad marcharse a estos. En estas palabras de Jesús se aprecia aceptación y ternura hacia los suyos.
Continúa Jesús diciéndoles que no era necesario tanto esfuerzo y que él no era un asesino para aquel despliegue militar. Pero, Pedro no pensó así. Al ver cómo los soldados ponían mano sobre Jesús, no se pudo contener y cogiendo la espada que llevaba oculta bajo el manto, la impulsó sobre la cabeza de uno de los que sujetaban al Maestro. El casco le protegió del golpe y la espada le seccionó una oreja. Se llamaba Malco y era sirviente del sumo sacerdote. Los acompañantes del herido estaban a punto de echarse encima de Pedro, que había vuelto a levantar la espada, cuando sonó fuerte la voz de Jesús: Basta, no más violencias. Añadió: Vuelve la espada a su vaina, porque todo el que usa la espada, a espada morirá. También añadió: ¿Piensas que yo no puedo rogar a mi Padre y me enviará ahora mismo para defenderme a doce legiones de ángeles? Pedro bajó la espada conmovido y dió unos pasos atrás.
La marcha empezó y Jesús tuvo tiempo para ver cómo el terror se hace dueño de los suyos, pues primero comienzan a retroceder cautelosamente y después emprenden una avergonzada carrera.
Tenemos ahora el interesante dilema de dónde viene en realidad la orden de la detención. Porque debemos preguntarnos de quién proviene la iniciativa del arresto de Jesús. Siempre se dijo que fueron los sumos sacerdotes, pero posteriormente una corriente investigadora trata de inculpar a los romanos. De este modo, diversos autores desvían la atención hacia Pilatos como responsable total de la muerte de Jesús.
San Juan en su narración, como hemos visto, habla de un cohorte y de un centurión. El célebre escritor Paul Winter, el cual escribió en 1961 el libro titulado El juicio de Jesús, mantiene que la iniciativa de la detención de Jesús parte de Pilatos porque había forzado a los sumos sacerdotes a tomar cartas en el asunto por miedo a que la fama de Jesús entre su gente terminaría en una alteración del orden público.
Según Winter, los procesos de aquella noche ante Anás y Caifás sería un interrogatorio previo y el juicio estaba preparado para el siguiente día y, ante Pilato.
Otra teoría es que Marcos, al escribir su evangelio en Roma, tratando de hacer más aceptable el cristianismo para las autoridades romanas, había cargado toda la responsabilidad sobre los judíos y concretamente sobre los sumos sacerdotes.
La tesis que encantó a los judíos fue la opinión de que Jesús sería un víctima de la presión política de su tiempo y había sido condenado solamente por delitos políticos de sedición, subversión, agitación, o rebeldía. Y, excluían el haberse declarado Hijo de Dios.
Sin embargo, toda esta teoría carece de peso científico. Si de Pilato hubiera partido la orden de detención, había sido Jesús llevado directamente al pretorio, sin pasar aquella larga noche en las dependencias del sanedrín o del sumo sacerdote. Por otra parte, la presencia de soldados romanos en el prendimiento de Jesús está justificada porque los militares romanos desestimados en el templo quedaban a la órdenes de las autoridades judías.
La mejor conclusión quedará aclarada con la lectura amplia de los textos evangélicos.
REFERENCIAS
MARTÍN DESCALZO, J.L. Vida y misterio de Jesús de Nazaret. Ediciones Sígueme. Salamanca, 1998










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