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lunes, 1 de junio de 2020

VII. APUNTES SOBRE LA FIEBRE AMARILLA EN CÁDIZ Y SU PROVINCIA





La fiebre amarilla en la Isla de León-San Fernando

Año 1800

Ante las alarmantes noticias que llegan del vecino Cádiz se reúne una Junta de Sanidad del Departamento, constituida por médicos de marina y facultativos locales cuya reunión tiene lugar el 22 de agosto de este año y se toman una serie de medidas higiénico-sanitarias que se creen imprescindibles, como limpieza de todas las calles, encalado de las viviendas y edificios, retirado de basuras y restos de animales sacrificados, uso de aguas puras y frescas mezcladas con vinagre para el riego. Hacer “candeladas” para enrarecer y perfumar la atmósfera. Para limpieza y aseo de las calles se adquieren 6 carros y 24 palas.
Se establece controles sanitarios militarizados a la entrada de la ciudad; en la carretera que viene de Cádiz, desembocadura de Caño Herrera, Fadricas, Puente Suazo, Arsenal de la Carraca y Caño de Zaporito. Se establecen multas de 50 ducados o diez días de cárcel para los que se salten estos controles. Es necesario abrir por carretera un camino para que la gente que fuera en tránsito a otros lugares no se acerque al pueblo. Se prohibía la venta y consumo de melones, sandias, pepinos, cerdo y tocino.
El pueblo queda dividido por barrios, los cuales son atendidos por caballeros capitulares, quienes  tienen la obligación de controlar el número de enfermos, vigilar la asistencia médica a enfermos pobres, y velar por el traslado de los cadáveres a los depósitos.
En la Junta de Sanidad intervenían los regidores Juan Josef Salomón, Juan Serrano y Carriola, y Juan Diego Gil. Como presidente, Juan Antonio Aldama. Un problema que se  presentó fue la conducción de cadáveres al cementerio y se determinó que se hiciera en las horas del amanecer o del anochecer, y el carromato se dirigiría a la capilla de Nuestra Señora de la Salud. Se decide habilitar dos capillas provisionales en ambos extremos de la villa, el del Santísimo Cristo de la Vera Cruz y la de Nuestra Señora de la Salud.
Los enfermos comienzan a llegar al Hospital de San José, de la villa, y los vecinos comienzan a donar jergones y colchones de lana. Se improvisa un camposanto frente a la casería del Pedroso, en unos terrenos  que habían pertenecido a los jesuitas. El vicario y administrador del hospital de San José, que es Francisco Castañedo, manifiesta que no tiene disponibilidad para el depósito de cadáveres ya que el corralón del centro ofrece dificultades. Hubo contagio del barrio colindante. En septiembre aumenta el número de fallecimientos y el día 15 de este mes se declara a San José, Patrono de la Villa.
Se habilita casas-hospitales entre las caserías y se toma como enfermería provisional el Hospicio de Nuestro Padre San Francisco. La Armada pone en disposición el Hospital de las Anclas. Debido a las hostilidades con Inglaterra, ante el peligro de un ataque por parte de la escuadra británica, se habían concentrado en la villa 6.000 soldados de infantería y 1.000 de caballería.
El Hospital de San José de la Villa había surgido gracias al afán de caridad del obispo de Cádiz fray Thomás del Valle, muy vinculado a la Isla de León. Comenzó a funcionar en 1768, con un solo piso que albergaba 80 camas para hombres y 24 para mujeres, y un servicio de urgencias instalado en el pórtico. Al principio era solo hospital de caridad pero con el transcurso del tiempo tiene que amoldarse a las exigencias de la población, llegando a realizar acuerdos con la beneficencia municipal, así como con la marina y el ejército.
En este año de 1800, el Hospital disponía de cuatro salas o enfermarías, tres para hombres; San José, San Rafael y San Dimas. Una sala para mujeres; Nuestra Señora de los Dolores o Dolores. La plantilla del Hospital de San José estaba compuesta por un médico-cirujano, un practicante mayor, un segundo cirujano revalidado, un boticario, un ayudante de boticario, un enfermero mayor, un enfermero comprador, un “demandante”, tres mozos enfermeros, y un velador. Los auxilios religiosos eran atendidos por dos capellanes, auxiliados por un sacristán. Había un administrador. Para asistencia a las mujeres estaba la “Madre” o enfermera-mayor, ayudada por dos enfermeras más. El servicio doméstico estaba constituido por una cocinera, una despensera, una ayudante de cocina, una lavandera y una ayudante de lavandería. 1
En el Hospital fallece, victima de la enfermedad, el boticario Lucas Carrasco. Trabajan en el centro los facultativos: Juan Garavito, Manuel Vilches y Mateo Boto, junto al médico militar Gaspar Pons, del Regimiento de las Órdenes Militares. Se suman dos médicos de la Armada, los primeros cirujanos Francisco José Fernández y José Rivero, el cual se contagió pero sobrevivió.
Faltan camas y la Marina habilita el Hospital Provisional y Real de Infantes, con 200 camas destinadas a la tropa. Este centro es atendido por dos cirujanos de la Armada y uno particular, ayudados por un practicante mayor y dos menores.
La cifra que se dio sobre la mortalidad fue  de 4.000 muertos. Francisco Xavier Riedmayer pintó un cuadro alegórico a este fatal episodio que se conserva en el Museo Histórico Municipal de San Fernando. Sin embargo, Alfonso de María da una cifra de 5.033 muertes y en el Arsenal de la Carraca se considera que hubo 515 muertos, con los que la cifra ascendería a 5.548, el número de fallecidos. Los meses de septiembre y octubre constituyeron los picos más altos de la epidemia y ya en noviembre se observó una disminución de ingresos en el Hospital de San José. A pesar de ello, en el mes de diciembre todavía había enfermos ingresados. En el mes de octubre, en la Iglesia Mayor Parroquial de San Pedro y San Pablo y de los Desagravios, se llevó a cabo una función religiosa para realizar  la encomendación  de esta   villa al patriarca San José, como estaba previsto hacerlo, actuando como notario eclesiástico Pedro Alcántara Gavín.
Hay constancia que durante los meses de agosto y septiembre se utilizó para los tratamientos un gran número de “sanguijuelas” para hacer sangrías. También fueron utilizados vomitivos y purgantes, antimoniales, lavativas de agua salada, vinagre, aceite, tinturas de quina y opio, bebidas aciduladas, vejigatorios  y los sinapismos.
Durante el tiempo que duró la epidemia, la institución suministró comidas; los “pucheros”, y medicinas, para los enfermos ambulatorios. Por su parte, el Ayuntamiento en cabildos sucesivos lleva a cabo diligencias para socorro de enfermos pobres y convalecientes, al tiempo de que hace informes de méritos contraídos por médicos, regidores y religiosos, durante la epidemia.
Tuvieron buena fortuna en el transcurso de la enfermedad los regimientos de Guardias y de María Luisa, acampados muy cerca de la Isla, los cuales tuvieron pocos contagiados. Sin embargo, los regimientos de Milicia, venidos de Sevilla y pueblos de la costa, a pesar de estar acampados fuera de la población, sufrieron mucho el mal.


Hospital de San José. Dibujo de portada de Juan Antonio Lobato. 
J.M. García-Cubillana. El Hospital de San José de la Isla de León.

Año 1804

Cuando hay noticias del brote de la terrible enfermedad en Málaga, se constituye en la Villa una Junta de Vigilancia Sanitaria. Se decide establecer un bloqueo marítimo con el fin de impedir que por el caño de Sancti Petri lleguen embarcaciones procedentes de Almería y Algeciras. Se habilitan nuevos lazaretos en las caserías de “Albelda” y de “Cetina” para casos sospechosos. Además, se utiliza el de la Casería de Infantes para la cuarentena de tropas procedentes de zonas infectadas. El capitán general de la provincia, Marqués de la Solana, había impuesto la observación de la cuarentena y el Ayuntamiento envió a inspeccionar los establecimientos a su facultativo Mateo Boto.
En el mes de septiembre comienzan a ingresar en el Hospital de San José soldados con sospecha de la enfermedad, pertenecientes a los regimientos de Texas, Murcia, Jaén, Órdenes Militares, y Batallones de Marina. Dan conocimiento de ello los médicos Juan Garavito y Manuel Rivero. En el mes de octubre aparecen casos sospechosos en algunos domicilios particulares de la calle del Auditor de Marina del Departamento y en una casa de la calle Dolores, habitada por un oficial de los tercios, y la información la da el Dr. Juan Garavito
La Armada se ve en la necesidad de improvisar un nuevo hospital-lazareto y será el Real Hospital Provisional del Puente Suazo, el cual permanece en funcionamiento hasta el mes de febrero de 1805. García-Cubillana piensa que pudo estar situado en un almacén de la Puerta del Mar del Real Carenero.
Hay que fumigar todos los géneros procedentes de Cádiz y en el cordón sanitario se emplean tropas de Marina. En enero de 1805 comienza a suavizarse la incomunicación pero hay algún caso de contagio. En la calle del Rosario, en la casa habitada por el ayudante mayor de los tercios de Texas, fallecen infectados por el mal cuatro o cinco individuos. Se tomó la medida de “purificar y desinfeccionar”. El 10 de octubre, el Marqués de la Solana declaró terminada la epidemia y se celebró un Te Deum e la Iglesia Mayor Parroquial.
Hubo muchos fallecimientos entre los soldados de los tercios de Texas y Nápoles, artilleros de marina, marineros y soldados de batallones de marina. Además, operarios del arsenal de la Carraca y de la población militar de San Carlos.
La escuadra inglesa, vigilante, permitía tener abierto el paso de barcos con transporte de víveres para el suministro, no así para el paso de tropas. Las panaderías de Zimbrelo y Conejero, junto a otras, elaboraron el “pan del soldado”, con la colaboración de mujeres de la población. Muchos hombres iban por leña para cocinar. Aparecieron las “cantinas volantes” para suministrar vinos y licores. Los vecinos entregaron colchones de lana y jergones para los hospitales. 




                         Edificio primitivo del Ayuntamiento de la Isla de León- San Fernando. Ayuntamiento.

Año 1810

Hay un gran movimiento de tropas con la llegada del ejército del duque de Alburquerque, a las que se le suma el ejército anglo-portugués. El 24 de septiembre, se celebra el acto inaugural de las Cortes en la Iglesia Mayor Parroquial, con el juramento, para continuar en procesión al teatro que hoy en día lleva su nombre.
Algunos facultativos pensaron que esta epidemia era de tifus exantemático cuando aparecen noticias alarmantes desde Cádiz a comienzos del verano de este año. En el mes de septiembre comienzan a ingresar enfermos en el Hospital de San José, muchos de ellos soldados. Entra en vigor el “Reglamento General en defensa de la salud pública”, que se había redactado el 7 de abril, interviniendo en su elaboración los doctores Juan Manuel Aréjula, Bartolomé Mellado y Antonio Frauserí, en Cádiz. En la Isla manda cumplimentarlo Diego de Alvear, capitán de navío de la Armada, que ejerce el cargo provisional de gobernador militar de la villa. La Junta de Sanidad local se preocupó de dictar mediante bandos, normas de salud pública con especial interés  para hospitales, lazaretos, cuarteles, y cárceles. Bajo el epígrafe de “Reglas de Policía”.
El día 21 de octubre, los médicos Garavito y Vilches, denuncian que en la calle San Juan de Dios nº 34, se ha observado un enfermo con los mismos síntomas de la epidemia de 1800. Al mismo tiempo, Mateo Boto declara la sospecha clínica en un mozo del café frente a la Iglesia.
La Villa cuenta en esta ocasión con un nuevo centro hospitalario, se trata del Hospital Militar de San Carlos que había abierto sus puertas en el mes de febrero del año anterior, dirigido por Antonio Alfaro, ayudante de embarco del Cuerpo de Profesores Médicos de la Armada. Bajo su mando había médicos-cirujanos de la Armada, médicos y cirujanos del Ejército, médicos particulares y dos médicos militares franceses prisioneros con varios practicantes militares de la misma nacionalidad.   
 Una cuarta parte de los pacientes ingresados entre este mes y el de diciembre, fallecieron. Falleció el diputado por Barcelona, Ramón Sanz y Sánchez de Baturel, el día 7 de noviembre. La población, desde 1809 contaba con dos cementerios que cumplían con las condiciones exigidas. El de Casa Alta, en funcionamiento desde 1804, y el de San Carlos, en la población militar, también conocido por el cementerio de los franceses y de los soldados, porque inicialmente se había destinado a inhumaciones de prisioneros franceses y después se enterraron en el, los fallecidos en el hospital militar; soldados, marineros, y trabajadores del Arsenal, así como del propio centro. Había otro camposanto que podría ser utilizado en caso de necesidad, el del Pedroso, clausurado en 1803 por no reunir las condiciones adecuadas ya que sufría inundaciones con las lluvias. El Arsenal contaba con el Camposanto del Real Hospital de la Carraca.




 Primitivo Hospital de San Carlos. Edificio de la izquierda. Academia de San Romualdo. 
Fotografía de Isidoro López Ruiz en 1955. Archivo de Ángel López González.


AÑO 1819

El día 9 de julio de este año aparecen noticias de una nueva epidemia de fiebre amarilla y se reúne la Junta de Sanidad Local, presidida por el alcalde de la ciudad, Ignacio Yáñez Ribadeneira, acompañado de los médicos titulares de Sanidad y del Hospital de San José: Juan Garavito, Manuel Vilches y Mateo Boto. Se trata de adoptar las medidas sanitarias correspondientes a la situación que puede presentarse. Aparecen los primeros casos y es convocada una nueva Junta, ampliada con médicos militares; Juan Ignacio Cerdá, destinado en artillería de Marina, Luis Cortés del depósito de infantería de ultramar, Pedro Pasos del batallón de infantería de Marina, Ramón Martínez que es médico-cirujano del Hospital militar de San Carlos y civil de San José, y Juan Raud de la Real Armada.2
En los primeros días de agosto se traslada a San Fernando una comisión de la Suprema Junta de Sanidad, con el fin de reconocer el barrio del Cristo, debido a que había noticias de que en el lugar había aguas cenagosas y estancadas, donde se lavaba la gente pobre. La comisión informó de que en los hospitales de San Carlos y San José existían varios enfermos afectados de “tifus icteroides” que era como se le conocía a la fiebre amarilla. Se ordena a continuación la incomunicación de la ciudad.
Son bloqueadas las entradas del Puente Suazo, Caño Herrera, Canteras, Casería de Osio, Paso de la Barca y Caño de Zaporito. Se realiza un bloqueo de la ciudad pero tres días después esta medida se suaviza y se permite el abastecimiento de carne, mediante la entrada de ganado, al Hospital de San Carlos y al mercado. Se autoriza a los molinos de marea de Caño Herrera, Zaporito y San José, llevar a cabo la molienda del trigo.
El Real Colegio de Cirugía de Cádiz destina a la ciudad al profesor Rafael Luis Ameller y al primer médico José María Sierra. Más tarde aparece Miguel Cabanellas, inspector nacional de epidemias y experto en fumigaciones con el gas ácido-muriático, pero que por alguna razón no fue empleado.
En el Hospital de San José se lleva a cabo la limpieza de salas, encalado de paredes, renovación del lienzo de los colchones y lavado de la lana, entre otras medidas. Se crearon hospitales de convalecientes en el cuartel de San Carlos y en el Puente de Suazo, llamado de San Caralampio.
La Junta Superior de Sanidad Provincial llevará a cabo una ampliación del cordón sanitario, estableciendo una primera línea o cordón sucio, una segunda o cordón limpio, y una tercera o de observación. Pero este cordón estrangula la economía y la vida en la población. Aparece una nueva epidemia, la del hambre. Cuando a primeros de octubre la epidemia decrece, se permite el paso de ganado y alimentos. El día 3 de noviembre se declara el final del contagio.

La fiebre amarilla en el Arsenal de la Carraca.

El Arsenal de la Carraca, situado en la bahía gaditana, en lugar profundo y abrigado, y defendido militarmente con  buenas fortificaciones, cumplía con las debidas condiciones que se les pedía a los arsenales de la época. En su interior se alojaba una nutrida población compuesta por personal militar y civil, relacionado con los trabajos propios. Se habían construido una iglesia y un hospital. Contaba con la prisión de Cuatro Torres y un cementerio.

AÑO 1800

Se cree que el contagio llegó a través de una fragata que había arribado al arsenal para ser desarmada  y en la cual habían perecido varios hombres, siendo evacuados algunos enfermos a su hospital. El 18 de agosto muere el primer contagiado y hasta final de mes mueren otras ocho personas. En los primeros días de septiembre fallecen 32 enfermos. Entre los presos del penal de Cuatro Torres  hubo 154 muertes.
Entre los fallecidos hubo miembros de numerosas familias que vivían en el astillero, con párvulos de pocos meses de edad, así como operarios civiles, tejedores de lona, carpinteros “de ribera” y otros. Religiosos franciscanos descalzos y capellanes de Marina. Militares del Ejército y de la Armada. Boticarios y practicantes.
La enfermedad comenzó a declinar a finales de noviembre. En el hospital de la Carraca se registró 540 defunciones, según datos de la parroquia, recogidos por García-Cubillana. A pesar de que Alfonso de María declarara que fueron 515 los fallecimientos.



 Primitiva entrada al Arsenal de la Carraca. J.Quinano. San Fernando, p. 302.

AÑO 1804

El Ayuntamiento de la Isla de León había instalado sus lazaretos y no se utilizó el hospital de la Carraca.

AÑO 1810

El hospital y el penal de Cuatro Torres fueron evacuados ante el riesgo de bombardeo de las baterías francesas, apostados en Puerto Real. No hay datos de afectados por la enfermedad.

AÑO 1819

El hospital de la Carraca estaba conceptuado como un hospital provisional “de sangre” o de primeros auxilios pero la Armada se ve en la necesidad de utilizar este centro como hospital de plaza. En la segunda quincena del mes de agosto fallecen 14 pacientes en el arsenal y entre esta y segunda semana de noviembre fallecen 417. 3
Entre la población residente en el arsenal se encuentra el regimiento de infantería ligera Valencey, el cual tuvo 101 fallecidos. También entre los fallecidos hubo marineros, grumetes, rondines, artilleros de mar, presidiarios, aserradores, peones, carpinteros “de ribera”, escribientes, maestros sangradores, enfermeros, capellanes, etc.  
  1). García- Cubillana, pp. 192-193.
  2). Clavijo, p.548.
  3). García-Cubillana, epidemia de 1819.




 Arsenal de la Carraca. Puerta del Mar. Academia de San Romualdo.
Fotografía de Isidoro López Ruiz en 1945. Archivo de Ángel López González.


BIBLIOGRAFÍA

BLANCO VILLERO, J.M. Pedro María González Gutiérrez. Vida y obra de un médico-cirujano de la Real Armada. Discurso de recepción como Académico de número. Cádiz, 29 de noviembre de 2007.
CLAVIJO Y CLAVIJO, S. La ciudad de San Fernando. Tomo I. Excmo. Ayuntamiento de la Ciudad, 1960.
GARCÍA-CUBILLANA DE LA CRUZ, J.M. El antiguo Hospital de San Carlos (1809-1981) y la ciudad de San Fernando. Publicaciones del Sur Editores, 2007.
GARCÍA-CUBILLANA DE LA CRUZ, J.M. El Hospital de San José (1767-1956) de la Isla de León. Publicaciones del Sur Editores. Sevilla, 2011.
GARCÍA-CUBILLANA DE LA CRUZ, J.M. “La salud y la enfermedad en el Real Hospital de la Armada del Arsenal de la Carraca (1756-1821)”. Sanidad Miliar, vol. 71, no 3. Madrid, jul- sept. 2015.
GARÓFANO SÁNCHEZ, R. PÁRAMO DE ARGÜELLES, J.R. La Constitución Gaditana de 1812. Tercera Edición, 1996. Diputación de Cádiz. Ingrasa. Puerto Real (Cádiz), 1987.
LÓPEZ MORENO, M.A. Un Camposanto sin epitafios. Artes Gráficas Nueva. La Línea de la Concepción. Cádiz, 2016.
ROCA NÚÑEZ, J.B. Los otros de Trafalgar. Publicaciones del Sur Editores. Sevilla, 2011.

Arsenal de la Carraca. Puerta de Tierra. Lámina del antiguo Departamento Marítimo de Cádiz.

Arsenal de la Carraca. Fachada y puerta de entrada de la Enfermeria en la actualidad. Autor

lunes, 25 de mayo de 2020

VI. APUNTES SOBRE LA FIEBRE AMARILLA EN CÁDIZ Y SU PROVINCIA




Posteriores epidemias de fiebre amarilla en la ciudad de Cádiz

AÑO 1804
Aparece la epidemia en Málaga, introducida por los buques marselleses que transportaban tropas a Santo Domingo. De esta ciudad se extendió a la vecina Granada y a gran parte de Andalucía para extenderse posteriormente por Alicante y Valencia. En Cádiz se toman precauciones para impedir que personas procedentes de otros lugares penetren en la ciudad, pero algunos infectados logran hacerlo furtivamente. Se detienen a diecinueve individuos que son trasladados al castillo de San Sebastián y puestos en cuarentena pero algunos otros logran burlar la vigilancia de la policía y comenzó la epidemia. Se toman medidas sanitarias para aislar a los enfermos y se habilitó para personas sin recurso un hospital en el campo de Capuchinos y un lugar de convalecencia en el campo de los Mártires. Se reactiva el Hospital de la Segunda Aguada con un local para convalecientes. El Hospital Real establece un lugar de convalecencia en el Balón. Queda establecido que los epidémicos no ingresen esta vez en el Hospital de San Juan de Dios para que no contagien a los sanos.
El Ayuntamiento abrió suscripciones de limosnas para necesitados. El rigor del contagio duró dos meses y en el mes de noviembre declinó. Se calculó que el número de contagiados llegó a 9.553, con 7.280 curaciones y 2.273 fallecimientos. De estos últimos fueron 2044 varones, 201 hembras y 28 párvulos.1 El domingo día 18 de noviembre se canta con toda la solemnidad el Tedeum.

AÑO 1810
España está en guerra con Napoleón y la ciudad de Cádiz junto a la vecina Isla de León se encuentra asediada por las tropas francesas. Hay un gran movimiento con afluencia constantes de buques, ya que el dominio del mar corresponde a la flota británica, nuestra aliada. Con la llegada constante de refugiados hay una superpoblación. Se sospecha que hay un foco infeccioso en los pontones de prisioneros franceses de la escuadra derrotada del almirante Rosilly y los doctores Mellado y Aréjula comienzan a tomar las precauciones correspondientes en el mes de marzo de este año. Está prevenida la Junta Provincial de Sanidad. En Cádiz, se han concentrado parte el ejército nacional y las tropas inglesas aliadas.
El día 11 de septiembre aparece la epidemia, siendo las primeras contagiadas dos mujeres que vivían juntas en el colegio de Santa Cruz y después muere un vecino. Es informado de ello José María Lila, diputado de Sanidad. Se dan nuevos casos en el barrio de Capuchinos y el contagio se extiende por cárceles y hospitales. El doctor Bartolomé Mellado sospecha de este tipo de contagio y es el primero en diagnosticar la enfermedad, y se lleva a cabo un plan preventivo. Es posible que haya enfermos en posadas y casas públicas. Se ordena que los contagiados que no estén con sus familias sean llevados al hospital. Se ordena a parroquias y conventos que sus sacerdotes no salgan a confesar ni a dar auxilios espirituales, aunque si pueden hacerlo aquellos que sufrieron el contagio en las anteriores epidemias y se curaron. Los forasteros no pueden salir a la calle, a no ser que haya un motivo de fuerza mayor. Prohibido las visitas en los domicilios donde haya un enfermo.
Cádiz recuerda las epidemias de 1800 y 1804. No obstante, algunos médicos piensan que no es el mismo caso que las anteriores porque esta epidemia se muestra más benigna. Mellado piensa que este hecho se debe a cierta inmunidad adquirida por los gaditanos. Aréjula y otros creen que se trata de un mal endémico en Cádiz, pero que ha proporcionado la inmunidad correspondiente. El problema es que empiezan a confundirla con el tifus. El propio Mellado designa en alguna ocasión la enfermedad como “tifus maligno”.
La sanidad gaditana comienza a preocuparse porque falta agua corriente y se utiliza con mucha frecuencia agua procedente de pozos y aljibes que también sirve para regadíos de huertas. Por otra parte se toma mariscos obtenidos de rocas cercanas a desagües de la  ciudad.
En los últimos días del mes de octubre ha aumentado el número de fallecidos y los diputados, que comienzan a trasladarse a Cádiz, piensan ahora en hacerlo a un lugar más seguro. El día 6 de noviembre, Ramón Sanz, representante de Cataluña, ha fallecido, victima del contagio. El día 20, el Congreso se reúne y el diputado Oliveros propone que se nombre una comisión de tres facultativos con el fin de averiguar las causas de la enfermedad y comprobar por fin si se debe a la intervención de “miasmas pútridas” o a algún germen. El Congreso está preocupado por la llegada de buques procedentes de distintos puertos que pudieran estar infectados y que en muchos casos no cumplían con las leyes sanitarias.
El día 28 de noviembre es acordado de que se una a la Junta Local de Sanidad el prestigioso facultativo madrileño Rafael Costa. El doctor Mellado informa que debe quemarse las ropas del enfermo. También se piensa en el empleo del muriático oxigenado. Lentamente el mal va disminuyendo y con el frio de diciembre desaparece.
Mellado ha observado que la enfermedad ataca preferentemente a los hombres del norte, a obesos, robustos y corpulentos, y a los de carácter melancólico, siendo en cambio muy benigna para las mujeres de genio alegre y para los naturales de Cádiz. Mellado habla de “efluvios malignos” como responsables del contagio. Este se produciría por falta de ventilación, por roce con el enfermo o por respirar su atmósfera, por alguna predisposición individual, y por otras muchas circunstancias ignoradas.
En cuanto a los métodos de curación, Mellado afirma que “curar es cuidar y sanar es poner bueno”. Muchos médicos intentan excitar el sudor y el vómito, además de promover las evacuaciones. Se preocupan en elevar la moral del enfermo, a pesar de la dificultad existente en aquellas circunstancias. Mellado no es partidario de excitar el sudor porque piensa que este método no es totalmente necesario para sanar y puede conseguir la sudoración por medios naturales, con una habitación templada y con el enfermo quieto, con una alimentación a base de caldos calientes. Tampoco acepta el provocar vómitos. Se muestra enemigo de los laxantes, lavativas y purgantes, así como del uso de la quinina, éteres, cáusticos y otros preparados habituales. Es partidario de seguir una metodología pasiva con quietud, pocas visitas, menos preguntas, mucho aseo, algunas tazas de infusión muy ligeras con te o manzanilla, muy poco caldo y dado de tarde en tarde, si le repugna, algún trago, una lavativa al día si el paciente no ha obrado, y lo más importante será en tener un cuidado especial en sacar del cuarto inmediatamente “los secretos”. Renovar el aire cada tres horas, haciendo que antes se tape bien el enfermo.
Hay que evitar por todos los medios disponibles la propagación de la epidemia. Los enfermos, aislados en sus casas, se colocan en miradores o ventanas y toman el sol tras los cristales. Además, están entretenidos.2



Soldado del Batallón de Voluntarios de Cádiz. R Garófano y J.R. Páramo. La Contitución Gaditana de 1812.
Ilustración IX.


AÑO 1811
Cádiz se ha convertido en la sede del gobierno de España, representando un gobierno liberal, elegido por el pueblo. Se pretende contar con la opinión de los españoles y hay una renovación de la prensa local. De esta manera se trata de poner fin al Antiguo Régimen y sustituirlo por instituciones democráticas que deben marcar la aparición de un mundo moderno.
En el verano de este año aparece de nuevo el peligro de una epidemia y las autoridades sanitarias de la ciudad recomiendan que se ponga en marcha el plan del año anterior. El 20 de junio se reúnen las Cortes y el diputado Sr. Vera propone que el Congreso vuelva a la Isla de León. Enferma el teniente general Ramón de Castro y se piensa que puede padecer fiebre amarilla, pero se comunica con informe médico que padece una “calentura pútrida”. No obstante, se informa a la Comisión de Salud Pública y el día 4 de julio es leído el informe, afirmándose de que no se puede asegurar que no aparezca la epidemia desde el mes de agosto en adelante, pero que en aquellos momentos no existía.
Se piensa que es necesario aligerar de gente la ciudad para disminuir el riesgo de contagio y que las Cortes decidan si es conveniente el traslado a la Isla de León. A pesar de ello, esta idea no es compartida por todos los diputados. La prensa comunica el número de fallecidos y la población está muy preocupada.
Comienzan a llegar noticias de que Cartagena de Levante padece una epidemia y los buques que proceden de este puerto quedan inmediatamente incomunicados. La prensa dice que es necesario contar con un lazareto.

AÑO 1813
Comienzan a correr los rumores por la ciudad de que ha aparecido una nueva epidemia pero se trata de ocultarlo con el fin de no crear falsas alarmas y evitar la desmoralización de la población. El día 10 de junio, fallece el diputado por Puerto Rico Ramón Power, victima del contagio por la fiebre amarilla, a los 38 años de edad. Pero, hay que esperar al 16 de septiembre para que se confirme la existencia de esta enfermedad. Pocos días después mueren los diputados: Mexía Lequerica, Company, Luján, y Vega Infanzón. Las Cortes deciden trasladarse a la Isla de León.

AÑO 1819
Cundió la noticia por la ciudad de que en la vecina San Fernando se habían presentado algunos casos de fiebre amarilla. El proto-médico Francisco Flores Moreno se traslada a esta última para informar de la situación, el cual a su regreso informa a la máxima autoridad militar de la plaza, el teniente general Blas de Fournás, del mal que sufre la ciudad vecina y que ponía en peligro las inmediaciones y peligraba la situación del ejército expedicionario. Fournás ante de comenzar a tomar decisiones alarmistas prefiere nombrar una comisión para que se dirija de nuevo al lugar de la posible epidemia. Cuando esta comisión, presidida por el Doctor Flores Moreno llega a San Fernando, a pesar de visitar bastantes casas, no encuentran enfermos afectados por el mal. Pero esto no era cierto y las familias de las victimas huían de su domicilio. La epidemia llega a Cádiz. Se saca de la ciudad todas las tropas, quedando solo el regimiento de Soria para guarnecer la plaza. Se había formado con las tropas un cordón sanitario desde Algeciras a Sanlúcar de Barrameda, bajo amenaza de pena capital al que osase burlarlo. Por consejo de Fournás, el capitán general de Andalucía Felipe Calleja, conde de Calderón, deja Cádiz para establecer el cuartel general en Arcos de la Frontera.
1). Adolfo de Castro. Tomo I, pp. 550-551.
2). Ramón Solís, p. 353.


Plaza de San Antonio en el siglo XIX. J. Laurent. Caja de Ahorros de Cádiz.



BIBLIOGRAFÍA

CASTRO DE, A. Historia de Cádiz y su provincia. Imprenta de la Revista Médica. Cádiz, 1858. Excma. Diputación Provincial de Cádiz. “La Voz”. San Fernando. Cádiz, 1985.
GARÓFANO SÁNCHEZ, R. PÁRAMO DE ARGÜELLES, J.R. La Constitución Gaditana de 1812. Tercera Edición, 1996. Diputación de Cádiz. Ingrasa. Puerto Real (Cádiz), 1987.
SOLÍS, R. El Cádiz de las Cortes. Silex. Madrid, 1987.


Cádiz. Bateria de San Carlos. Postal

lunes, 18 de mayo de 2020

V. APUNTES SOBRE LA FIEBRE AMARILLA EN CÁDIZ Y SU PROVINCIA




Estudio y reflexión sobre la epidemia de Cádiz de 1800 según facultativos de la época

Pedro María González Gutiérrez nace en la localidad de Osuna, provincia de Sevilla, el 26 de abril de 1764. Ingresa en el Real Colegio de Cirugía de la Armada, en Cádiz, el 1 de abril de 1781, finalizando sus estudios el 7 de noviembre de 1786, año en que es nombrado primer cirujano como premio. Pasa al Departamento de Ferrol para embarcar en el navío San Sebastián, para pasar más tarde a la fragata Perpetua y después a la corbeta Atrevida, con la que da la vuelta al mundo en la expedición de Malaspina, en un viaje que duró 5 años y 3 meses. En el mes de agosto de 1797 emprende un viaje a Turquía, el cual dura 2 años y medio, siendo apresado por los ingleses en Mahón a su vuelta a España. El 15 de marzo de 1799, le concedió el Rey goces y haberes de los sustitutos a cátedras y la ocupación de la primera plaza que quedara vacante. El 17 de mayo de 1804 se le concede los honores de Maestro Consultor, en premio a haber concluido la obra que se le encargó, titulada Tratado de las enfermedades de la gente de mar, escrita en colaboración con Francisco Flores Moreno, confirmándosele en  este cargo y como ayudante de cirujano mayor, el 9 de mayo de 1805, ocupando la cátedra de Fisiología e Higiene.1
Posiblemente, en 1801 goza de la autorización para presentar la obra titulada Disertación Médica sobre la calentura maligna contagiosa que reynó en Cádiz el año de 1800: medios más adecuados para preservarse de ella, y de otras enfermedades contagiosas y pestilentes.2
La obra es autorizada por la Junta Gubernativa Escolástica, celebrada un 12 de marzo, y la firma Carlos Francisco Ameller. En la introducción; Pedro María hace un bosquejo histórico de otras calamidades de idénticas características, sufridas por la población de Cádiz. Le sigue la primera parte y en una primera sección habla de como comenzó la epidemia y como avanzó. El panorama que presentaba la ciudad y las medidas que se adoptaron.
En una segunda sección se refiere a las causas que la produjo, describiendo el entorno de la ciudad y dándole importancia al calor reinante como causa predisponente. Sospecha que la plaga pudo venir a bordo de algún buque procedente sobre todo de América septentrional y que pudiera haber sido transmitida por sus tripulantes, ropas o carga.
En la segunda parte, en su sección primera, se refiere al diagnostico de la enfermedad. Dice que en algunos casos parecía un “sinocal simple” mientras que en otros parecía del “género pútrido”, pero muchas veces podrían clasificarse de entrada de “carácter maligno”. Manifiesta que algunos enfermos comenzaban con dolores vagos o síntomas leves, mientras que otros caían de repente como “heridos por un rayo”, con frio intenso y dolores de cabeza y huesos. Describe un segundo periodo de la enfermedad con ictericia y hemorragias y le llamaba la atención que los cadáveres quedaban negros y amoratados, pero los que se recuperaban pasaban a un tercer periodo, el cual al principio era “turbulante” para ser después más tranquilo.
En la segunda sección se refiere al pronóstico y afirma que por lo común es malo y peligroso pues se trata de una enfermedad contagiosa y peligrosísima, pero si la fiebre remite en 24 horas es buen síntoma. No ocurre así si la enfermedad se presenta con malignidad entre el 3º y 4º día. Entonces, el pronóstico es funesto. Da importancia al estado de fuerza y expresión de la cara, mostrando su preocupación si esta aparece inmutada, oscura y lívida, con ojos tristes y llorosos. En este caso el pronóstico es muy malo. Como señales de muerte próxima señala el letargo e hipo.
La tercera parte y en su sección primera arranca con las medidas para procurar una curación. Hay que tranquilizar al paciente y favorecer el vómito, haciéndolo suavemente y sin el uso de eméticos. Excluye la sangría. Como bebida, aconseja el uso de limonada o naranjada ligera y como régimen alimenticio señala los caldos de pucheros, pan o agua de arroz, y en ocasiones un trago de vino. Si el enfermo experimente mejoría se pasará a alimentos más sólidos.
En la segunda sección considera la profilaxis o remedios preservativos. Reconoce que la enfermedad no es fácil identificar en muchos casos, así como su primitivo origen y naturaleza, aunque sospecha que pudiera estar relacionada con el aire y alimentos viciados. Habla de la importancia de evitar el contacto físico, bien de forma directa o mediante ropas u objetos del enfermo. Las Juntas de Sanidad deben velar por la salud pública y enviar a los enfermos sospechosos a lazaretos, quejándose del lazareto de Cádiz que considera no cumplir las condiciones requeridas, pues se estaba utilizando el lazareto provisional del Caserío de Infantes en la Isla de León, y una ciudad como Cádiz no disponía de un centro con finalidad específica.
Propone hacer hogueras para corregir la humedad de la atmósfera, pero si el aire es cálido y seco será necesario humedecerlo mediante riegos. En las calles y plazas no deben quedar aguas estancadas, teniendo que haber especial cuidado con las lagunas y pantanos de alrededor de la población.
Durante la calentura contagiosa hay que impedir que los vecinos del barrio infectado se comuniquen con los demás, mediante la colocación de vallas y montar guardias activas y vigilantes. Evitar el acúmulo de enfermos en habitaciones estrechas. Prohibir las concurrencias públicas; cerrando teatros y cafés, así como iglesias. No permitir procesiones y misas públicas.
Quemar ropas, muebles y enseres del enfermo, pero solo los señalados por los facultativos. Los cadáveres deben sacarse de las casas lo antes posible, mediante voluntarios. Abandonar la vivienda y hacer “sahumenos” o fumigaciones y después pueden repetirse si convienen. Si, abrirán puertas y ventanas para que el aire circule libremente.
Deber haber suficiente número de facultativos y boticas. Los médicos deben repartirse los barrios y evitarse los hospitales, siempre que se pueda, porque en caso de epidemias pueden ser nocivos.
Evitar el abuso de “cosas no naturales”, o sea de exceso de todo tipo, haciendo una dieta prudente y sana. Evitar el exceso de temperatura en las casas y renovar el aire mediante la ventilación. Evitar el miedo no fomentando, las conversaciones sobre el número de fallecidos. Si es factible, llevar a cabo el aislamiento domiciliario.
Si a pesar de todas estas precauciones, alguien de la familia enfermara, deberá siempre aislarse inmediatamente en lo más apartado de la casa y solo deberá tener contacto con el enfermo el asistente que lo cuida y el médico. Para los que manejan a los enfermos se aconseja los vestidos, guantes y zapatos de ule. Utilizar pomadas y aceites para cerrar los poros inhalantes, evitando así la absorción de las miasmas. Afirma que el ácido nítrico “destruye las miasmas en su origen” y recomienda el utilizar el sulfúrico para desinfectar muebles y ropas. El muriático que era el clorhídrico, lo aconseja utilizar en edificios grandes y hospitales.
Años más tarde, en 1824, el ilustre médico de Marina y ex colegial del Colegio de Cirugía Francisco Javier Laso de la Vega, asevera: nada podemos añadir relativo a la salubridad de Cádiz que no esté expuesto en la disertación publicada en 1801 por Don Pedro María González; en la Epidemiologia española, cuando habla de la epidemia de 1800.


 Disertación sobre la fiebre amarilla de Cádiz en 1800 hecha por Pedro Mª González. 
J.M. Blanco. "Sinopsis de la epidemia de fiebre amarilla de 1800 en Cádiz y su provincia", p. 115.

Juan Manuel Aréjula nace en Lucena, en la provincia de Córdoba. Ingresa en el Real Colegio de Cirugía de la Armada, en Cádiz, el día 7 de octubre de 1772. El 24 de abril de 1775 se le nombra practicante para la expedición frente a Argel. El 9 de mayo de 1776, es habilitado de segundo cirujano, embarcando en la fragata Libre para pasar más tarde por el navío San Miguel, destinado en Veracruz, fragata Santa Rosa y urca Anónima. En el navío Santo Domingo marcha a la Habana para regresar en el navío San Gabriel al Departamento de Cádiz, el 9 de enero de 1784. En el mes de octubre es comisionado a Paris y en mayo de 1787 asciende a primer cirujano. En 1789 en ayudante de cirujano mayor y profesor de química en el Colegio de Cirugía. En abril de 1793 se le encarga la enseñanza de Materia Médica y Botánica. En marzo de 1805 asciende a Vice director del Colegio y en 1806, la Junta Superior de Sanidad dispone que se encargue de narrar la enfermedad epidémica que padecieron los habitantes de Cádiz en 1800, de Medina Sidonia en 1801 y los de Málaga en 1803.3
La monografía se imprime por Real Orden en la Imprenta Real. Aréjula establece las diferencias entre fiebre amarilla y peste. Recoge todas las  informaciones meteorológicas posibles  hechas en Cádiz y en el Real Observatorio de Marina de la Isla de León. Hace un extracto que manifiesta el día de cada mes que ha subido más el termómetro. Considera que hay una disposición para contagiarse de la enfermedad, igual que ocurre con la viruela respecto a los individuos no vacunados. La enfermedad presentará signos regulares o bien irregulares y anómalos. Podrá haber signos patognomónicos y característicos de la fiebre amarilla.
Define la fiebre amarilla como una calentura per aguda, contagiosa, que invade de repente con escalofríos o frio, dolor de cabeza precisamente hacia la frente y sienes, de lomos, desazón incómoda, ó dolor en la boca superior del estómago, particularmente si se comprime esta parte, gran postración de fuerzas, sequedad de narices, y falta de saliva para poder escupir.
Piensa que debe haber la concurrencia de una causa remota o externa que son los contagios, una predisposición del sujeto y de la estación del año. Distingue cuatro periodos: 1º de contagio. 2º de invasión que es cuando se manifiestan las señales. 3º de estado, cuando decaen las fuerzas y el pulso. 4º de declinación, cuando se manifiestan las señales de mayor disolución y último abatimiento de fuerzas, y que arrastra a los enfermos hacia el sepulcro.
Habla de disecciones hechas a cadáveres de enfermos fallecidos por la enfermedad, ayudado por el Padre Fray Josef Martínez, doctor en cirugía y religioso de la Orden de San Juan de Dios.
Refiere que la enfermedad de Málaga de 1803 y 1804 fue más mortífera que la de Cádiz y Sevilla de 1800.
Al notar que había familias que pasaban ligeramente el mal y otras que morían a consecuencia de la enfermedad, pensó que sería útil que se inocularan los sujetos yendo a las casa de las primeras.



 Descripción de la fiebre amarilla de Cádiz, Medina Sidonia y Málaga. 
Presentada por Juan Manuel de Aréjula en 1806. 
J.M. Blanco. "Sinopsis de la epidemia de fiebre amarilla de 1800 en Cádiz y su provincia", p.125.

Repercusión de la epidemia de 1800 de Cádiz en Europa
Wilhelm Heinrich Ludwig Borges hizo una traducción al alemán de la obra de Pedro María González, siendo esta obra consultada por Wilhelm Griesinger para escribir su Tratado de las enfermedades infecciosas.
En Francia, ante la gravedad de las noticias llegadas de España en el mes de noviembre de 1800, el ministro del interior francés envía una carta a la Escuela de Medicina de Montpellier con el fin de que una comisión médica del país vecino se traslade a España para recabar datos e información. La comisión estaba compuesta por los facultativos: Juan Nicolás Berthe, Pedro La Fue y Victor Brissonet. Llegan a Carmona, al cuartel general del marqués de la Solana, general de las tropas del cordón sanitario, y después, pasando por Sevilla, llegan por el Guadalquivir a Sanlúcar de Barrameda, y de esta localidad pasan a Chipiona y Puerto de Santa María. De esta última población parten para Cádiz, donde se ponen en contacto con los profesores del Colegio de Cirugía, entre ellos Salvarresa, Aréjula y Ameller. Tras pasar por Jerez y Utrera, en el mes de marzo regresan a Carmona.
1). Clavijo y Clavijo. Historia del Cuerpo de Sanidad Militar de la Armada, pp. 246-247.
2). Blanco Villero. Pedro María González Gutiérrez, pp. 41-42.
3). Clavijo y Clavijo. Historia del Cuerpo de Sanidad Militar de la Armada, pp. 245-246.

BIBLIOGRAFÍA
ARÉJULA DE, J.M. Breve descripción de la fiebre amarilla padecida en Cádiz y pueblos comarcanos en 1800, en Medinasidonia en 1801, en Málaga en 1803, y en esta misma plaza y varias otras del Reyno en 1804. Madrid en la Imprenta Real. Año de 1806.
BLANCO VILLERO, J.M. Pedro María González Gutiérrez. Vida y obra de un médico-cirujano de la Real Armada. Discurso de recepción como Académico de número. Cádiz, 29 de noviembre de 2007.
GONZÁLEZ GUTIÉRREZ, P. Mª. Disertación médica sobre la calentura maligna contagiosa que reynó en Cádiz el año de 1800. Con licencia. Manuel Ximénez Carreño. Impresor del Gobierno. Calle Ancha. Cádiz.
IBÁÑEZ MARTÍ, C. “Breve descripción de la fiebre amarilla padecida en Cádiz y pueblos comarcanos en 1800. En Medinasidonia en 1801. En Málaga en 1803 y en Madrid y varias otras plazas del reino de España en 1804”. Historia de la Salud Pública y algo más 
 www. madrimasd.org.  21 de octubre de 2020.
 Cádiz. Puerta del Mar. Postal