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miércoles, 12 de octubre de 2016

Detrás de la Historia. Recordatorio del Camino de Santiago




Hospitalidad en el Camino

Surgen fundaciones hospitalarias y la referencia más antigua la tenemos en el año 886, cuando Alfonso III otorga a la Iglesia de Orense la posibilidad de atender a pobres y peregrinos. Igual ocurrirá en el 899 con la Iglesia de Santiago. Se han creado hospicios-hospitales en lugares, pueblos y villas, identificándose estas instituciones mediante una concha venera colgada en el portal. Algunos centros, especialmente en la montaña, hacían sonar su campana en las crudas noches de invierno con el fin de guiar al peregrino que se encontraba perdido en la nieve. Algunos monasterios que cerraban sus puertas durante la noche, dejaban disponible un pequeño refugio para que el peregrino pudiera resguardarse. Aquellos que estaban graves serian atendidos de manera espiritual y cristiana y si fallecían se le hacían los sufragios según la liturgia. Después se le sepultaba como a un hermano más. Los campesinos pobres eran sepultados en un camposanto anexo mientras que los que poseían bienes ocupaban sepulturas en iglesias y capillas anexas a los hospitales. Se decían Misas por las almas de los fallecidos. A algunos peregrinos se les proporcionaba sustento, cama y lavado de ropa, mientras que a otros solo los cuidados de enfermería y medicamentos, así como atención espiritual. Al que disponía de grandes medios se les daba todo lo necesario a cualquier  hora de llegada. Había un establecimiento mixto, hospedería-hospital que más tarde quedarían separados y cada uno pasaría a realizar sus funciones. El hospital va a transformarse en un lugar sacrosanto para reparación  de los caminantes, proporcionando protección a los vivos y reposo a los muertos. Van a constituirse distintas categorías de hospitales, y así tenemos: hospitales episcopales, de ordenes religiosas, ordenes militares, fundaciones civiles que a su vez pueden ser monárquicas, nobiliarias, populares, parroquiales, gremiales, cofradías, y privados. Las órdenes religiosas-militares, como ya hemos comentado, van a adquirir una gran importancia en la Ruta Jacobea por su asistencia al peregrino y protección del camino. La mayoría de los hospitales de Galicia van a pertenecer a la Orden de San Juan de Jerusalén o “Sanjuanistas”, fundada en 1084, que después pasó a denominarse Orden de Malta. La Orden de Santiago de la Espada tenía la casa madre en Santa María de Ribaloxio. La Orden de San Lázaro atendería a los leprosos en lazaretos, destacando los de Sarria, Portomarín, Melide y Compostela. Con el tiempo, el hospital irá tomando conciencia de su función y se va a convertir en un centro de diagnostico y tratamiento de enfermos. Aunque pierde algo de la hospedería original, sigue manteniendo esta función. Al principio, la fundación y mantenimiento de los hospitales dependían de los obispos y monarcas, pero después fue función de las órdenes religiosas y militares. El hospital medieval va a tener varias funciones: remediar los organismos enfermos, preparar al peregrino para su agonía y muerte, asilar a los mendigos que pueden permanecer varios días, dar alojamiento al peregrino. En los siglos XI y XII los hospitales están en las aldeas mientras que en el siglo XIII los mejores hospitales los encontraremos en ciudades. Surge un enorme interés en mejorar las condiciones sanitarias con el objeto de prevenir la peste y otras epidemias. Los hospitales más pequeños eran casas de 6 a 10 camas por termino medio y si tenían sitio, sus estatutos permitían el acoger a una persona un máximo de tres días en verano y cinco días en invierno. Si no había camas suficientes se podrían meter dos personas o más en una misma cama. Otras veces, el peregrino o enfermo se acostaba sobre un montón de paja. Cuando los monjes benedictinos crearon junto a sus monasterios los primeros hospitales, la finalidad consistía en el triple servicio de asilo a los pobres, refugio de peregrinos y asistencia de enfermos. No obstante, la gran afluencia de peregrinos imposibilitaba la atención a enfermos graves. Más bien, comenzaron a funcionar como albergues y el servicio incluía el lavado de pies a los recién llegados, según la Biblia. Se mantenían las chimeneas encendidas para el calentamiento y poder secar las ropas. Había estancias separadas para hombres y mujeres, y la comida del peregrino consistía en una ración de pan, un plato de verduras y carne o legumbres Después mejorarían ostensiblemente los hospitales. En los hospitales más importantes aparece la figura del “hospitalero”, persona que se encarga de recibir al peregrino y suele hablar varias lenguas. Después está el enfermero. Pero en los hospitales más humildes el hospitalero es recepcionista, sanitario, asesor espiritual, y varias funciones más. En los hospitales mayores este hospitalero es organizador, intendente y administrativo. El enfermero se encargará de la asistencia sanitaria. Se crean los hospitales de San Marcos en León y del Rey en Burgos. En Compostela surge el Hospital y la cofradía del Apóstol Santiago. Los fieles de cualquier provincia o nación, mediante el pago de un sexto de un ducado de oro, o los trabajadores del hospital, podrían adquirir privilegios espirituales. El Hospital del Rey de Burgos llegó a tener 87 camas, distribuidas en dos enfermerías. Dos hospederías, una para hombres y otra para mujeres. A finales del siglo XV los peregrinos que se acogían a el tenían derecho a una ración diaria, constituida de la siguiente manera: Abundante pan y vino, un potaje con legumbres y hortalizas, y un trozo de carne de cordero de un cuarto quilo de peso.
Con el desarrollo de las ciudades aparecen las ventas y posadas, las cuales van a tener su auge durante los siglos XIV y XV. La posada se va a constituir sobre una vivienda ordinaria, donde su propietario la acomoda para albergue. En la planta baja hay un amplio establo y una bodega para guardar las mercancías. En este nivel habrá una sala con chimenea, separada o no de la cocina. El piso superior cuenta con varias habitaciones con dos camas cada una, y puede haber un dormitorio corrido con doce o catorce camas, y cada una puede ser para dos ocupantes. El cliente tendría derecho a cocina, comprando sus propios alimentos y cocinarlos.

La medicina y la farmacia

El concepto de enfermedad infecto-contagios en la Edad Media era de que muchas de ellas tenían su origen en un castigo Divino, como es el caso de la lepra, peste y fuego de San Antón. El leproso era apartado de la sociedad y condenado a vivir en hospitales de incurables o “lazaretos”, estos situados en las afueras de las ciudades y en los cruces de los caminos. Quedaban a lo largo de la ruta de los peregrinos y vivían de donativos y algunos trabajos que pudieran realizar. Había otros hospitales para infecciosos. Cuando el paciente ingresaba en el centro hospitalario, se le afeitaba la barba y la cabeza. Se le despojaba de su ropa, se le lavaba y se le daba ropa limpia. La peste era fácilmente contagiosa y ante la sospecha de una epidemia no se permitía la entrada en ciudades de peregrinos, ni de mercaderes y comerciantes. Se conocía como “Fuego de San Antón” a una enfermedad endémica, aunque no contagiosa, llamada también “Ignis infernalis o Fuego del infierno”. Hoy en día se conoce con el nombre de ergotismo, propia del norte y centro de Europa, debido al consumo de pan de centeno, pues la produce un hongo llamado cornezuelo del centeno, ergot o claviceps purpurea, el cual produce la ergotamina, y cuyos alcaloides actúan sobre la circulación y neurotransmisión. Como consecuencia de ello se producen trastornos vasculares, pudiéndose llegar a la gangrena en extremidades distales y en otras partes. Trastornos nerviosos con sensación de quemazón y dolor intenso. Trastornos psíquicos con alucinaciones visuales y auditivas. El peregrino mejoraba en el camino porque en el sur de Europa el pan solía ser de trigo. Los peregrinos lo achacaban a la intervención de Apóstol, pero al volver a su país de origen y tomar la dieta habitual, reaparecían los síntomas. Al propio Apóstol Santiago se la atribuía un poder curativo pero los hospitales utilizaban las medicinas que tenían y durante mucho tiempo se impuso la farmacoterapia natural de los monasterios y los remedios curativos de los pueblos de la ruta. Durante los siglos XII y XIII la medicina había estado a cargo de los monjes benedictinos, los cuales poseían las boticas, y como no podían abandonar el monasterio transmitieron sus conocimientos a los laicos. En el siglo XII predomina la escuela de Salerno como el primer centro médico donde se estudia medicina. Situada en una localidad cercana a Nápoles había abierto sus puertas en el siglo IX. Se enseñó la anatomía, se practicó medicina clínica, cirugía, y algunas especialidades como obstetricia y oftalmología. Según las crónicas, llega a Compostela un médico procedente de esta escuela, llamado Roberto, y aunque no se tiene datos ciertos, revolucionaria la medicina de la época. No obstante, ya en la segunda mitad del siglo XII se estudia medicina en Salamanca. Sobre medicamentos, encontramos citas en el Códice Calixtino, y nos habla de la gera fortísima, tríferas Alejandrina y serracénica, gera pulina o apostolicum, un compuesto llamado adriano que era el geralogodion, y otros muchos. Diremos que todos ellos son componentes de los preparados que utilizaban los médicos de la Edad Media. En cuanto a la aplicación de los medicamentos se irán estableciéndose distintas categorías y nos encontraremos con los purgantes, composiciones o jarabes, emplastos, pociones o soluciones, vomitivos, antídotos y otros. La Farmacia no existía como disciplina independiente. Los monasterios benedictinos que se habían ocupado de la elaboración de medicamentos disponían de dos apartados: Botica, donde guardaban las plantas medicinales. Rebotica, donde se preparaban los remedios y se guardaba el alambique, hornillos y otros instrumentos. Las plantas provenían del huerto propio. Además, criaban animales que empleaban en la terapéutica, como lagartos, víboras y sanguijuelas. También existían los herbarios, dedicados al cuidado de las plantas. Por otra parte, el transito de peregrinos favoreció la transmisión de remedios populares, provenientes de la sabiduría propia o de curanderos.
En el siglo XVI surge la preocupación de la higiene y se comprueba de que se están produciendo situaciones viciosas. Aparecen denuncias desde la misma Iglesia por abusos y corrupciones, mientras que los enemigos del Camino no paran de hacer sus críticas. La Reforma protestante ataca el fenómeno de la peregrinación. Disminuye el número de peregrinos ingleses y franceses, mientras que los peregrinos alemanes bajo la sospecha de ser luteranos serán investigados por la Inquisición. La afluencia de peregrinos originará problemas serios, derivados de la falta de higiene. En los albergues no había servicios de aseo adecuados y los caminantes se lavaban de forma parcial en fuentes y ríos de los caminos, o en los lugares llamados lavaméntulas, no lavándose de cuerpo entero. La lepra y la peste podrían hacer estragos. En ocasiones se tenía que quemar la ropa del peregrino y entregarle ropa nueva. Arranca la falsa creencia de que el botafumeiro fue inventado para contrarrestar los malos olores que se producían en la Iglesia. En realidad, es signo de purificación espiritual y alabanza, aunque secundariamente quitaba estos malos olores. 







 Detalles de la entrada al antiguo Hospital de peregrinos de Astorga







 Detalles de la entrada al antiguo Hospital de peregrinos de Órbigo



Vista parcial del Hotel Hostal de los Reyes Católicos. Antiguo Hospital Real de Santiago de Compostela



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miércoles, 5 de octubre de 2016

Detrás de la Historia. Recordatorio del Camino de Santiago



La indumentaria y equipaje del peregrino

Al principio, la indumentaria iba en concordancia con la riqueza y la condición social del peregrino y en el siglo XI solía llevarse un vestuario cómodo que permitiera el desplazamiento lo más fácil posible. No obstante, al pasar por algunos pueblos o lugares el peregrino cambiaba a un traje de acuerdo a su categoría social. La indumentaria fue acomodándose a las circunstancias y el caminante comenzó a portar un sombrero de fieltro, generalmente redondo y de ala ancha, el cual le protegería del sol y de la lluvia. También portaba un amplio tobardo o capa, generalmente de color marrón, con esclavina y reforzada de cuero, aumentando la protección contra el frio y agua. Además podía utilizarse como manta por las noches. Era costumbre llevar un par de zapatos, casi siempre ligeros, pero eran poco adecuados para los charcos y el frio, así como se desgastaban fácilmente con el caminar. Llevaba un pequeño zurrón colgado al hombro y una bolsa al cinto, la cual quedaba adornada con la concha o venera. Estos objetos servían para llevar ropa o algún documento en el primero, y dinero en el último. Otras veces, la bolsa de viaje era de cuero y se colgaba en bandolera. Le acompañaba el bordón o bastón del caminante, más alto que el, y además de ayudarle a caminar le podía servir para defenderse de asaltantes o de animales salvajes. Se unía la calabaza con agua para impedir beber de arroyos y ríos contaminados. Y podía llevar una bota de vino con el fin de huir del monopolio de las tabernas. Algunos llevaban varias conchas de vieira, cocidas al manto, sombrero o como hemos visto, a la bolsa.
Los jinetes llevaban el sombrero más amplio y la capa más ancha porque con ella se abrigaba también el caballo. Desde el siglo XII comenzó a llevarse un capote de tela impermeable y encerada. Guantes con manopla para que las manos no se helaran al manejar las riendas. Las huesas eran fundas de piel flexible para proteger las piernas de las salpicaduras de barro y del roce con zarzas y matorrales. La silla de montar solía ser ancha pero poco anatómica y con bordes altos con el fin de sostener al jinete en las pendientes pronunciadas.
El peregrino llevaría un equipamiento complementario, como dinero, algunos documentos, y si era posible una lista con las etapas de la ruta. El dinero serviría para pagar el alojamiento y la comida, así como tratar de obtener servicios más rápidos y mejores. En el caso de los jinetes, dar comida a los caballos y reparar herraduras. También era necesario abonar peajes y portazgos de señores y ciudades, muchos de ellos con un precio abusivo. A veces, se pagaba a los encargados, en plan de soborno. La documentación sería muy importante pues en la Edad Media había variedad de regímenes fiscales, así como alianzas políticas muy diversas y continuamente cambiando. De este modo, para pasar por los reinos de Aragón, Navarra, Castilla, y León; nos encontramos que cada uno tenía su moneda y su legislación. Además, había que añadir un número de quince villas con ordenanzas y estatutos particulares. La documentación servía para identificar al peregrino como miembro de una comunidad, el cual mediante una carta de vecindad acreditaba su lugar de residencia y su posición social. Era recomendable el conocer la geografía de las tierras del recorrido, los valores del cambio de monedas, y si era posible los idiomas. Algunos llevaban un pequeño glosario de palabras con la traducción correspondiente.
Los peregrinos que emprendían el camino a pie podrían andar unos 5 km por hora y hacer de unos 25 a 30 km diarios. Para las cabalgaduras se empleaban caballos, asnos y mulas. El borrico resultaba más duro que el caballo y también servía de transporte de mercancías. Algunos nobles recurrían a los caballos de lujo, árabes o españoles, para entrar en las ciudades. El inconveniente era encontrar cabalgadura de refresco y obtener un forraje adecuado. En el norte de Europa se llevaba cargas de avena mientras que en el área mediterránea se transportaba la cebada. Había que llevar odres para el agua con el objeto de impedir el consumo de las aguas contaminadas. En el caso de heridas o traspié del caballo era necesario encontrar a alguien con conocimientos de veterinaria. Se llevaba un botiquín en el que abundaba el vinagre y la sal. Para engrasar los cascos se llevaba sebo. Como una herradura de hierro dulce duraba una semana, a veces se necesitaba más de una docena de herraduras. Los carros eran poco empleados por la gran variedad existente en la infraestructura, así como el estado del firme y el trazado de curvas y esquinas.

                                   Vista de la Catedral de Santiago de Compostela



Puerta Santa o del Perdón, situada en la parte trasera de la Catedral


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jueves, 29 de septiembre de 2016

Detrás de la Historia. Recordatorio del Camino de Santiago




Los peregrinos

La palabra “peregrino” quiere decir forastero y se referirá a aquella persona que anda por tierras lejanas a las suyas, fuera de la casa familiar y de su patria. Hombres y mujeres abandonarían de forma voluntaria su lugar de origen, junto a su medio de vida, sus derechos, y su defensa; con la finalidad de dirigirse a un lugar santo, por motivos religiosos y espíritu de devoción, con gran sacrifico, incomodidad y falta de seguridad. Es el caso de la peregrinación a Santiago de Compostela. Estos se preocuparon de llevar guías con la ubicación de albergues y hospitales. Podemos tomar nota del Libro V del “Líber Sancti Iacobi” o “Codex Calistinus” que según la tradición fue encargado por el Papa Calixto II y escrito por el monje benedictino Aymeric Picaud, en el siglo XII. No cabe duda que la Ruta se convirtió en un autentico fenómeno socio-cultural con un intercambio abundante del comercio y de la cultura, la cual llevaría a la fundación de la Universidad de Santiago. La necesidad espiritual de peregrinar a santos lugares es lo que había despertado en Europa el deseo de rendir culto al Apóstol Santiago. Pero a ello hay que unirle el ambiente psicosocial característico de la Edad Media, donde se experimentaba una gran devoción por los cuerpos de los santos y las reliquias. Muchos peregrinos habían hecho otras peregrinaciones a Roma y Jerusalén. Las premisas eran, junto al perdón de los pecados, el fervor, la devoción y ganar el jubileo. Oración, confesión y comunión cerraban aquel penoso viaje. Sin olvidar la solicitud de un favor. En otras ocasiones el haber emprendido aquel camino era la consecuencia de haberse logrado la curación de una enfermedad o bien otros motivos, como dar gracias por un  bien recibido o cumplir con un voto o una promesa. Había un tipo de peregrinación que era la llamada por “manda testamentaria”, hecha por encargo de un familiar difunto. Pero en otras ocasiones los grandes señores contrataban a una persona como intermediario para que realizara la peregrinación en su nombre o de un pariente fallecido. A veces la peregrinación se hacia para la conmutación de una pena religiosa o civil. La otra cara de la moneda estaba representada por la participación en la ruta de aventureros y ladrones cuya finalidad era aprovecharse del peregrino y de la hospitalidad que se ofrecía al caminante. Sin olvidarnos de los pobres necesitados. Todos ellos no tenían ninguna prisa en llegar a Santiago y la ruta podría hacerse eterna. La mayoría de los peregrinos hacían el camino a pie y emprendían la marcha después de haber hecho testamento y haber arreglado los asuntos familiares y personales. Como el camino era largo y lleno de accidentes, muchos tardaban años en regresar. En Alemania y Francia comenzaron a crearse hermandades y cofradías sin diferencias sociales. Los peregrinos del norte de Europa y de Inglaterra llegaban en barcos a los puertos de La Coruña, Ferrol, Ribadeo y otros. Los nobles y ricos comerciantes utilizaban caballos y carretas, acompañados de familiares, amigos y criados. Hubo peregrinos ilustres que patrocinaron la creación de monasterios, conventos y hospicios. Se hizo necesario la certificación del obispo de la diócesis o de la autoridad del lugar de residencia para que como salvoconducto, el peregrino pudiera atravesar Europa, teniendo en cuenta que algunos lugares pudieran encontrarse en guerras. Dicho salvoconducto también proporcionaba el derecho de acogerse a los privilegios que proporcionaban las casas de acogida y los hospitales. El documento era presentado en las parroquias del camino para así obtener el sello acreditativo. Una vez en Santiago; el peregrino aseado y después de presentar sus respetos, peticiones y acciones de gracias al Santo Apóstol, presentaba el documento en el Cabildo de la Catedral, donde se le expedía la “Compostelana”. Con dicho certificado se demostraba que se había hecho la peregrinación y además se obtenía los mismos beneficios en el viaje de vuelta. Los peregrinos gozaban de los mismos privilegios naturales del país por donde cruzaban. No pagaban peaje por el equipaje ni por la cabalgadura y tenían la obligación de no desviarse del camino más de cuatro leguas, con la finalidad de poner trabas a vagabundos, espías y herejes. Cuando el peregrino se encontraba ante el sepulcro del Apóstol Santiago; se tendía en tierra, se ponía boca abajo, con los brazos en cruz. Con este símbolo de espíritu de devoción, rezaba con fervor. El encontrarse en aquel lugar le proporcionaba un contacto físico e intimo con el sitio sagrado pero además la oración le proporcionaría el contacto espiritual. A partir del siglo XVIII esta actitud va a ser sustituida por la posición de rodillas y la realización de golpes de pecho. En ocasiones, para pedir milagros se recurrió a gritos y flagelaciones que incluso se efectuaron colectivamente.
El número de peregrinos se fue incrementando. Ya comentamos que se dijo que el primer peregrino extranjero había sido el obispo Godescalco de Le Puy, el cual se hizo acompañar de treinta soldados con espadas y escudos, en el año 950. No obstante, se ha encontrado no hace mucho, un documento del año 910 que muestra el peregrinaje del también vecino extranjero, de origen francés, Bretenaldo Franco. A partir del siglo XIII se llegó a contabilizar de 200.000 a 500.000 peregrinos anuales, y durante los veranos Santiago recibiría unos 1.000 peregrinos diarios. A los peregrinos alemanes, franceses, italianos, ingleses, escoceses e irlandeses se unieron viajeros procedentes de Estonia, Creta, Armenia, Etiopia e India. A partir del siglo XIV comienza a descubrirse la picaresca. En la hostelería se practica el precio alto para los ricos, y menos ricos; fraudes en las pesas y medidas, aguar el vino, cobro por adelantado de habitaciones que después no existían o se hallaban ocupadas, fraude en el cambio de la moneda, rebajar la calidad de las comidas o forzar a beber vino con picantes en las comidas o poner sal en exceso. Explotar la sensualidad con las mozas de las tabernas. Vender velas de ofrecimiento hechas de sebo en vez de cera. Otra dificultad la constituía la existencia del pillaje, pues existían los falsos peregrinos que disfrazados con la típica indumentaria se infiltraban en el grupo para robar tanto a nativos como a extranjeros. También los vagabundos se aprovechaban de la vestimenta para acudir a albergues y hospitales con la finalidad de obtener comida y alojamiento. Felipe II llegó a prohibir a los españoles el uso del hábito de peregrino para evitar estos casos. Existían falsos ciegos, tullidos y cojos que pedían limosnas. Pero no cabe la menor duda que el mayor peligro estaba representado por los bandidos, por causa de los cuales muchos peregrinos fueron asesinados a lo largo del viaje.
Entre los siglos XVIII y XIX va a experimentarse una enorme decadencia en el número de peregrinos, llegándose de unos 30 a 40 peregrinos diarios, y la mayoría portugueses. España, durante este tiempo, va a pasar por una etapa negra con numerosas guerras. Durante la invasión napoleónica los restos del Apóstol son escondidos pero se teme por sus reliquias. El cardenal Miguel Payá, una  vez pasado los tristes acontecimientos, manda excavar en el subsuelo y se encuentra un deposito con tres cuerpos, y uno de ellos es identificado como el del Apóstol. Más tarde, León XIII insta a todos los católicos del mundo a retomar la peregrinación. En el siglo XX tiene lugar un resurgimiento de las peregrinaciones. Nuevas excavaciones conducen a valiosos descubrimientos. En 1982, Juan Pablo II lanza un mensaje a Europa pidiendo que se retomara el espíritu cristiano del Camino. En el año 1989 más de medio millón de jóvenes responden a la convocatoria de este Santo Padre en la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud, en Compostela. Hoy en día, hay multitud de caminantes que por motivo religioso, aventura de caminar, contemplar el paisaje, o bien contemplar las obras de arte; emprenden la histórica ruta. Son de todas las edades y de distinto modo de desplazarse.


Las costas de Galicia en la ruta a Santiago



                                             Cabo Finisterre

                                             Ría de La Coruña
                                              Ría de Ares
Entrada al Puerto de Ferrol. A babor el Castillo de San Felipe y a estribor el Castillo de La Palma
                                             Vista del Castillo de San Felipe
                                            Vista del Castillo de La Palma
                                             Costa de Ferrol
                                            Vista de Puentedeume
                                            Playa de Covas en Viveiro.
Monumento en la playa de Covas a las victimas del naufragio de la fragata Santa María Magdalena y del bergantín Palomo quienes tragicamente perdieron la vida en aquella madrugada del día 2 de noviembre de 1810

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jueves, 22 de septiembre de 2016

Detrás de la Historia. Recordatorio del Camino de Santiago



El Camino

Los tres mayores destinos del peregrinaje europeo durante la Edad Media eran: Jerusalén, Santiago de Compostela y Roma. La devoción por Santiago el Mayor se había extendido por España y por Europa. Algunas fuentes señalan al obispo de la ciudad francesa de Le Puy, Godescalco, como el primer peregrino, el cual hizo el camino en el año 950, y durante siglos miles de europeos emprendieron la ruta. En realidad, debemos de hablar de rutas porque estas fueron diversas. A través de los Pirineos se llegaba a la Península siguiendo los pasos de Somport y Roncesvalles para llegar a Puente de la Reina y seguir un camino único, pasando por Logroño, Burgos, León y Lugo, finalmente Santiago. El monje  Aymeric Picaud creó la Guía del peregrino a Santiago de Compostela. Por los distintos caminos circulaban: hombres, ganado y carros. Para las gentes de a pie, bastaba un reducido espacio para poder caminar, si este se encontraba en un buen estado. Cosa que no ocurría si se trataba de caballerizas y carruajes. Algunos reyes y señores realizaron obras con el fin de facilitar el tránsito de personas y mercancías. En la construcción y mantenimiento intervinieron campesinos del lugar. Más tarde, ermitaños y gentes piadosas se asociaron a las obras, las cuales fueron creciendo en importancia hasta llegar a los puentes medievales, muchos de los cuales persisten en el día de hoy. Alrededor de ellos surgieron villas, como es el caso de Santo Domingo de la Calzada, sobre el puente construido por Domingo sobre el rio Oja. Los caminos tenían una anchura muy variable, a veces se aprovechaban las antiguas calzadas romanas, algunos podían tener 15 m. de ancho. Las cañadas eran más anchas y por ellas circulaban rebaños. Los caminos se estrechaban cuando se llegaba a los puentes pero se habilitaba, a ser posible, un ensanchamiento para facilitar el transito. Muchos ríos no disponían de puentes para cruzarlos y había que buscar un sitio de poca profundidad para remangarse y meterse en el agua. Otras veces, el viajero pagaba a una persona para que lo llevara a hombros, y también trasladase su equipaje. Aparecieron barqueros que en botes pequeños o almadías, que eran unas balsas hechas de troncos de madera, cruzaban de una orilla a la otra a los caminantes, y a los jinetes con sus cabalgaduras. En ocasiones, hubo abusos en el cobro por la prestación de los servicios. En las montañas, los aldeanos se ofrecían como guías. Todo ello no quedaba exento de peligro, pues el peregrino podía encontrase con extensos bosques poblados por bandidos y alimañas. Oras veces, se tropezaban con ríos sin cauce y con desbordamientos frecuentes, o puertos de montaña cerrados a consecuencia de la nieve, durante largo tiempo.
Después de diversas modificaciones en la orden benedictina del Cluny se va a establecer una relación entre los monjes franceses y españoles, hecho que repercutirá en los peregrinos aliviando la fatiga del viaje con sus monasterios, hospederías y hospitales. Con el fin de favorecer la repoblación, los reyes crearon privilegios para atraer a los habitantes del país vecino, facilitándoles asentamiento en distintas regiones del Norte como Jaca, Estella, Pamplona, Nájera y Burgos, y donde nuestros vecinos francos ejercieron fundamentalmente el comercio. La ruta del peregrino va a convertirse en una ruta comercial, surgiendo verdaderos gremios urbanos ligados a comerciantes y artesanos, tanto francos como judíos. En el año 1095 el Papa Urbano II hace trasladar la sede episcopal de Iría Flavia a Compostela. Sin embargo, es una vez entrado el siglo XII cuando tiene lugar el auge del camino. Reluce la Catedral bajo la huella del maestro Mateo, gran escultor y arquitecto. En 1122 el Papa Calixto II concede el Año Santo Compostelano por el que pueden alcanzar el jubileo todos aquellos que visiten el Templo los años en que el 25 de julio, fiesta del Apóstol, coincida con un Domingo. Se redacta el documento llamado Historia Compostelana. Surgen gran número de peregrinos, se fijan las rutas y se levantan puentes. Se construyen monasterios, albergues y hospitales. Nacen pueblos. Destaca en el menester la orden del Cluny, la cual crea una verdadera infraestructura asistencial a lo largo del camino. Van a surgir las ordenes militares de Calatrava, Alcántara y Santiago, que inspiradas en la orden del Temple, junto a los votos religiosos le añadirán el de la defensa del peregrino. En el año de 1147 aparecerá la ruta del mar en la que partiendo del puerto de Dartmouth, en Inglaterra, en una escuadra de más de doscientas naves al mando del conde de Flandes, viajan peregrinos procedentes de Inglaterra, Alemania y Borgoña. Destaca la presencia del rey Luis VII de Francia, acompañado de nobles y autoridades eclesiásticas. También destacaremos la presencia del duque de Aquitania. Llegamos al siglo XV y nos encontramos que se multiplican los relatos referentes al Camino y surgen poemas en distintas lenguas. Se describe el camino portugués. En Alemania surge una guía para peregrinos alemanes que se había editado en Estrasburgo, donde se dan importantes consejos para el peregrino. Los Reyes Católicos habían extendido salvoconductos, tanto para los habitantes de su reino como para los de cualquier parte del mundo, así como habían dictado reglas para los albergues, con regulación de los precios, ordenando que haya abundancia de comida, con inspección de ventas y mesones. En el siglo XVII surge la piratería y cuando el pirata ingles Sir Francis Drake ataca La Coruña, se ocultan tesoros documentos y reliquias. El cuerpo del Apóstol fue retirado del sepulcro y escondido en otro lugar. Con el tiempo irán surgiendo muchos otros caminos. 

 Reliquias arquitectonicas en el Camino.

 Vista parcial de las catedrales de León y de Astorga



 Puente de Órbigo en la provincia de León

Detalles del Castillo de los templarios de Ponferrada

Puente en Samos. Detalles de la Abadía de Samos



Cruceiro en Portomarín


Detalles de la capilla Nuestra Señora de las Nieves de Portomarín


Detalles de la Iglesia de San Nicolás de Portomarín 

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