NARRACIÓN DE JUAN
San Juan participa muy directamente en las escenas que narra. Participa personalmente en el entierro y en el embalsamamiento de Jesús y ahora nos narra la escena del sepulcro vacío, llena de importantes detalles. Dice Juan:
El día primero de la semana, María Magdalena vino muy de madrugada, cuando aún era de noche, al sepulcro y vio quitada la piedra. Corrió y vino a Simón Pedro y al otro discípulo a quién Jesús amaba, y les dijo: Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto. Salió, pues, Pedro, y el otro discípulo, y fueron al sepulcro. Ambos corrían; pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose vio las vendas; pero no entró. LLegó Simón Pedro después de él y entró en el sepulcro y vio las fajas allí colocadas y el sudario que había estado sobre su cabeza, no puesto con las fajas, sino envuelto aparte. Entonces entró también el otro discípulo que vino primero, y vio y creyó; porque aún no habían entendido la Escritura según la cual era preciso que él resucitase entre los muertos. Y los discípulos se fueron de nuevo a casa.
Nos damos cuenta del valor que tiene en todo el proceso la figura de María Magdalena. Pero, ella no iría sola al sepulcro porque dice a Pedro: "No sabemos dónde lo han puesto". Juan la puede destacar por la importancia de su testimonio y porque probablemente fuera la primera que dio a Pedro la noticia. Solo dice que el sepulcro está vacío, de una forma fría y objetiva y, parece inclinarse por una interpretación natural de que alguien hubiera cambiado de lugar el cadáver del Maestro.
A continuación, Juan destaca la importancia de Pedro. No sabemos dónde estaban Pedro y Juan, pero es muy probable que estuvieran en la misma ciudad y quizás en el lugar dónde se celebró la última cena, en el cenáculo, lugar de la familia de Marcos. Otra opción es que estuvieran en la casa de algunos de los parientes de Juan, pues contaba este con familiares entre los amigos del sumo sacerdote.
Lo cierto es que tanto Pedro como Juan no actúan como testigos alucinados y enloquecidos, sino que mantienen la sangre fría, como lo podemos comprobar por numerosos detalles. Pedro podría tener por este tiempo unos cuarenta años y Juan poco más de veinte. Pedro no tiene la agilidad de Juan y este último no tiene el liderazgo de Pedro.
Señala Martín Descalzo que el relato de Juan es un verdadero prodigio literario y en su texto hay una sabia mezcla de pretéritos, presentes e imperfectos. Mientras que los pretéritos muestran las causas por las que se apresuraron, los imperfectos y los presentes los motivos del retraso. También observamos en la descripción los caracteres de los que corrieron hacia el sepulcro, porque Juan es el ímpetu; pero el respeto domina su impulso. Pedro es la pura pasión y al llegar entra en la cámara precipitadamente, sin preocuparse que si todavía estaba el sepulcro custodiado por los soldados que conoce que fueron colocados en él dos días antes. En cambio, Juan sabe detenerse a tiempo, reconoce también que Pedro es el responsable y deja pasar a su compañero delante de él.
El evangelista describe también con gran minuciosidad el estado de las vendas y el sudario y aunque a primera vista nos podría hacer pensar que era un poco absurdo detenerse en datos tan mínimos ante un hecho tan vertiginoso; Juan es un testigo notarial y no se deja llevar por el entusiasmo. Su descripción es fría y no se apresura a sacar rápidamente conclusiones, sino que analiza y detalla.
Los dos hombres están contemplando en silencio. Juan observa el examen que Pedro hace de todo, pero no interviene. Tampoco cambia impresiones con él. No se abrazan entusiasmados, celebrando el triunfo del Maestro amado y, con ello, su propio triunfo. Callan porque están ante el gran misterio y se encuentran penetrados por él.
En cambio, Juan confiesa que en este momento creyó y parece excusarse de no haber creído antes. Se adivina en él una cierta lentitud en creer. Reconoce que hubiera sido más perfecto creer por las palabras de Jesús, pero subraya que no creyó hasta haber visto. Juan no había entendido la Escritura antes de verla realizada. Descubre ahora que solo el triunfo puede venir tras la muerte y el sufrimiento.
Sobre Pedro, nada nos dice Juan sobre él, particularmente. En cambio, Lucas nos lo presenta estupefacto y asombrado por lo que ha ocurrido. Da la impresión de que Pedro sale trabajosamente a la luz, estando aún perdido en el misterio. No se le ocurre pensar, como a María Magdalena, que manos de los enemigos de Jesús han robado su cuerpo. Piensa que su Maestro ha vencido a la muerte. Pero su fe es lenta y no corre a comunicar lo que intuye. Calla y deja que la fe se abra trabajosamente camino en su corazón.
REFERENCIAS
MARTÍN DESCALZO, J.L. Vida y misterio de Jesús de Nazaret. Ediciones Sígueme. Salamanca, 1998
